DESACELERAR, ¿PARA QUÉ?

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ARTURO CASTILLO

La gran utopía de la libertad, del tiempo sobrante, en virtud de que las máquinas lo harían casi todo por nosotros, permitiéndonos dedicarnos a la recreación, al ocio, ha quedado totalmente desvirtuada. La verdad irrefutable es que las máquinas nos han hecho sus esclavos.

Seguimos convencidos, sin embargo, de que la tecnología habrá de mejorar nuestra existencia, que viviremos en un mundo donde el deseo no tendrá que ser aplazado, donde nuestros sentidos estarán colmados de sensaciones placenteras; un mundo presto a complacernos hasta en nuestros más extravagantes apetitos.

En este contexto, nadie que no esté de veras decidido a tomar el gobierno de su propia existencia podrá escapar de la sociedad consumista de nuestros días, será capaz de ponerse a buen recaudo del falso hedonismo.

Este estado de ansiedad colectiva, que se expresa en todos los escenarios de la vida de los sujetos, hace que cada día transcurrido sea una forma de agitación, que solo genera frustración y un sentimiento de vacío, vacío que, contradictoriamente, se busca llenar con cosas, que solo empobrecen más.

Mediante diversas formas de intoxicación, cuya proveedora es la misma sociedad, los individuos solo logran paliar su creciente sensación de carencia, pese a su ‘divertido’ estilo de vida.

Pero más allá de este autorreproche, la única forma de ‘salvación’ de este estado de cosas corresponde a cada individuo. La espera por respuestas, por soluciones colectivas, es un engaño.

Este desconsolador retrato del ser humano de la Era de la Informática, exige acciones urgentes y concretas, que debieran comprometer a todas instancias de la sociedad. En el mundo laboral, concretamente, mientras las empresas no funcionen con un criterio humanista, su aporte social será parcial, incompleto. Seguirán promoviendo una forma neurótica de trabajar, despojada del gozo, del disfrute creativo.

El cultivo de algún arte, las disciplinas corporales, la lectura, la música, el deporte, etc., pueden ayudar enormemente para encontrar un ideal de vida. Sin embargo, aun estas nobles prácticas pueden tornarse mecánicas, áridas, si el sujeto no se acerca a su esencia, si no se permite explorar su propia espiritualidad.

La solución para el vacío de ser, cada día más acentuado, no radica en proporcionar a los individuos más satisfacciones, más diversión, más tiempo de ocio, más ‘alicientes’, sino en liberarles de los condicionamientos, lo cual implica provocar una auténtica revolución de la conciencia. Recordemos con Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo”.

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Publicado el mayo 12, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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