ESTRÉS LABORAL, DE NADA SIRVE NEGARLO

Estrés laboral

ARTURO CASTILLO

En virtud de que en la sociedad contemporánea el trabajo y la vida personal constituyen universos distantes y conflictivos, no es de extrañar que la conducta de muchísimos individuos tenga el signo de la escisión, de las contradicciones. A consecuencia de ello, es bastante  común que las personas se comporten de manera diametralmente opuesta en el hogar y en el trabajo.

A la postre, sin embargo, lo que pasa en lo privado y en lo público es el reflejo de lo que el individuo es por dentro y por fuera. En general, los sujetos se muestran en su hogar tal como son, mientras que en el lugar de trabajo solo dejan salir lo que parece prudente y necesario, aquello que no estropee la imagen de solvencia profesional que se afanan por construir cada día.

Si la tensión entre los dos mundos se prolonga demasiado, si la persona no alcanza a reconciliar los dos lados de su existencia, su salud emocional puede verse seriamente comprometida.

Desde esta perspectiva, el estrés constituye una respuesta a la dualidad que no se ha logrado resolver. Cuando el individuo manifiesta que el trabajo le está provocando estrés, no siempre se refiere a la carga laboral, a las presiones de sus jefes, a la convivencia errática con sus compañeros, asuntos que no dejan de ser vitales; está hablando más bien de sus circunstancias internas, de su dificultad para adaptarse.

Es bastante común que los síntomas del estrés no sean reconocido por los propios afectados, que se consideren a sí mismos víctimas de hechos circunstanciales. Uno de esos hechos ‘circunstanciales’ es el padecimiento episódico de migrañas, que literalmente obligan a la persona a desconectarse del ritmo habitual, de sus obligaciones cotidianas.

En cambio, quienes les rodean, familiares y colegas, darán cuenta de su hosquedad en el trato, de los cambios súbitos de conducta, del ensimismamiento, del aspecto personal desaliñado, del desgano para trabajar.

Las personas experimentarán cansancio crónico, desidia, impulsos de fugarse de la realidad mediante la intoxicación, con el consumo de drogas y bebidas alcohólicas; ánimo hostil hacia sus compañeros de trabajo, hacia su propia familia.

Si la empresa no identifica oportunamente los signos del estrés, el asunto puede tornarse inmanejable. Incumplimiento sistemático de las tareas; atrasos frecuentes, absentismo regular, baja productividad, son manifestaciones de una persona que está conflictuada, que no consigue funcionar satisfactoriamente para sí misma, para el entorno, que no puede atender lo básico de su existencia.

Las empresas aplicarán su lógica: el malestar de los empleados no es algo que les concierna más allá de lo formal. Si el asunto se torna complicado, simplemente prescindirán de sus servicios. ¿Qué les queda, entonces, a los sujetos más que el apoyo incondicional de su familia?

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Publicado el mayo 12, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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