TECNOESTRÉS, EL COSTO DEL PROGRESO

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ARTURO CASTILLO

Los avances de la Era Tecnológica son incontenibles, con sus pros y sus contras. Un recuento histórico permite confirmar que siempre surgieron voces de alarma, proclamas apocalípticas, expresiones agoreras, frente al avance del conocimiento.

De tanto en tanto, la ruptura de lo consolidado generó conflictos transitorios, a veces enconados, de parte de aquellos que buscaban vivir en un mundo sin cambios perturbadores.

Recordemos, por ejemplo, al ‘Ludismo’, movimiento obrero inglés, cuyo líder, Ned Ludd, fue el primero en romper un telar como protesta por el advenimiento de las máquinas, que ocasionaba despidos masivos y deterioro salarial. La consigna de los obreros era destruir las ‘infernales máquinas’; sin embargo, pronto entenderían que no eran las máquinas las culpables del régimen de explotación.

Cada etapa del progreso humano ha provocado, generalmente, perturbaciones relativas a la salud física y espiritual de los sujetos, que en muchos casos han llegado a convertirse en malestares colectivos, debido al radical cambio del estilo de vida de toda una generación.

Hoy, por ejemplo, se habla de ‘tecnoestrés’, que viene a ser una especie de patología idiosincrásica, producto de la cohabitación del hombre con las máquinas. Los síntomas que se desprenden de ello son, en última instancia, problemas de adaptación, en menor o mayor medida, en razón de que no todos los individuos logran avenirse con los nuevos tiempos.

Larry Rosen y Michelle Weil acuñaron el término tecnoestrés, en su libro del mismo nombre, publicado en 1997, donde exponían los efectos nocivos que puede producir el uso frecuente de dispositivos tecnológicos.

En general, la utilización racional de la tecnología, que no interfiera con la fluidez de la existencia, que no bloquee el ejercicio físico e intelectual autónomo, resulta provechosa individual y colectivamente. Pero si la tecnología empieza a reemplazar hasta los actos de voluntad más elementales, llevando a extremos de pereza y comodidad, hay motivos para preocuparse.

La dependencia es ya de por sí una expresión patológica, que puede ser resuelta, en parte, cuando el sujeto acepta que detrás de esa manifestación hay una tendencia a los excesos, una personalidad compulsiva, que se deja gobernar por fuerzas externas.

Umberto Eco, por ejemplo, habla de la necesidad de desarrollar ‘filtros’ para la utilización de Internet, que a su juicio es un mundo ‘salvaje y peligroso’. El riesgo mayor, paradójicamente, radicaría en el fomento de la fantasía y la ignorancia, signos inequívocos de enfermedad individual y colectiva.

Sin embargo, su frontal crítica no tiene cabida, como lo demuestran los hechos. La glorificación de la tecnología en la sociedad contemporánea no da lugar al cuestionamiento; al contrario, consensualmente, se piensa que sobran razones para considerar estos tiempos como una auténtica bendición.

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Publicado el mayo 12, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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