TRABAJO, EDAD Y MITOS

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ARTURO CASTILLO

Para que lo incorrecto se consolide como algo correcto, basta muchas veces con que haya consenso. En el ámbito laboral, por ejemplo, ciertas prácticas, no necesariamente legales, se consagran como normales, inclusive como dignas de ser imitadas.

Concretamente, el asunto de la edad en el trabajo se ha vuelto un tema que las empresas aplican a discreción, sin razones de peso, al parecer solo como un tema de ‘moda’, si observar lo que determina la ley.

Ejemplos: ¿qué justificación hay para que una parvularia no pueda desempeñar su trabajo pasados los 35 años de edad? ¿Por qué una secretaria que se ha ‘excedido’ de los 30 es considerada inhábil? ¿Qué hace que una mujer en sus cuarenta no sea merecedora de ‘lucir’ en una recepción o en la ventanilla de un banco?

¿Cuestión de estética? ¿Fiel observancia de algún principio científico que no está al alcance de la comprensión común? ¿Simple capricho?

Evidentemente, la edad es un factor determinante, que marca y modula la vida laboral útil de los individuos. También es cierto que hay un límite natural, físicamente hablando, que obliga a dejar cierto tipo de trabajos.

Pero es incomprensible que personas cuyas sus facultades intelectuales se encuentran, en algunos casos, en su cenit, que tienen una carga de experiencias humanas y profesionales, sean marginadas debido a su edad.

El estereotipo de la belleza, al parecer, al igual que en otros aspectos del comportamiento social, es capaz de imponer sus códigos en el campo laboral.
No hay otra explicación, pues resulta absurdo creer que una persona en sus cuarentas esté descalificada para desempeñar adecuadamente cualquier tarea, salvo que estuviere afrontando una grave dolencia.

En términos de productividad, los veintes y los treintas no constituyen necesariamente los mejores años. La razón es simple: la persona está inmersa en aspectos como la consolidación de la pareja y la familia, la afirmación de la personalidad, que toman mucha energía, que requieren de tiempo y atención.

Es engañoso, entonces, pensar que los jóvenes trabajadores rendirán sin medida, que serán incondicionales con la empresa, que dejarán todas sus energías, que tendrán su cabeza estrictamente en el trabajo.

A menos que el sujeto sea capaz de escindir su vida personal del ejercicio profesional, sus dilemas vitales, de crecimiento, ‘contaminarán’ su actividad profesional.

Toda esta realidad contrasta con el criterio que se maneja en otras culturas, como la japonesa, donde se ha establecido un régimen basado en la gerontocracia, que utiliza la experiencia de los individuos como un elemento capaz sustentar el progreso, de inspirar a todo un pueblo.

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Publicado el mayo 12, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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