TRABAJO, ¿HAY ESPACIO PARA EL BUEN HUMOR?

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ARTURO CASTILLO

Nada hay más mortalmente serio que el trabajo. El estrés, la negación de tiempo para sí mismo y para la familia, la fatiga crónica, la asunción del mal genio e inconformidad de los jefes, el envejecimiento prematuro, la jubilación por obsolescencia, son cosas realmente serias, tributos al trabajo.

Y como si todo ello fuera poco, hay quienes se empeñan en añadirle al trabajo algo más de dramatismo y sufrimiento. No faltan, por ejemplo, aquellos que sobreactúan su rol de jefes, para tortura de los demás.

Juegan al ogro, a la bruja mala; parecen satisfechos de generar antipatía y temor entre sus subalternos. Disfrutan del silencio repentino cuando aparecen en escena; gustan de provocar incertidumbre, les encanta que las personas se sientan tontas, que duden de su inteligencia.

Muchos jefes no sonríen, pues no quieren que el ambiente se ‘relaje’. Su forma de control consiste en la adustez. Ellos saben que nada comprometa más el ‘orden’ que la gente que está contenta, que se entrega al buen humor. En esos contextos, el sentido del humor puede ser considerado subversivo.

De otra parte, es un mal signo que los sujetos no sean capaces de burlarse de sí mismos, que no asuman sus lados absurdos, sus propias incoherencias. La imposibilidad radica en que se creen infalibles, perfectos. Por lo tanto, cualquier sospecha de que los demás ponen en duda su perfección les hace perder la cabeza.

Dado que las empresas desarrollan una personalidad, una particular idiosincrasia, no es raro hallarse con ambientes agrios, con caras de pocos amigos, con expresiones defensivas. Son bombas a punto de explotar, lugares que tienen ‘ulceraciones’.

Es en ambientes de ese tipo, que el llamado ‘clown’ puede hacer maravillas. Claro, hay payasos y payasos. Algunos pueden resultar irritantes, amenazantes, sobre todo si basan sus ‘actos’ en el escarnio y el ridículo, escogiendo, generalmente, a las personas que parecen más ingenuas y tímidas.

La burla pública es siempre contraproducente; de modo que los jefes de RR.HH., que tienen la brillante idea de ponerle a reír a la empresa, deben saber qué tipo de ‘clown’ contratan.
Obviamente, el humor desatado, la posibilidad de distender el ánimo, de constatar que los jefes y directivos de la organización también ríen, tienen un valor catártico.

Concretamente, la utilización de la comedia puede ser tremendamente eficaz para afirmar, por ejemplo, las medidas de seguridad industrial. Algo tan serio como eso, llevado al plano del humor, que identifique y magnifique los errores y malos hábitos de los trabajadores, que los ponga en escena, sirve extraordinariamente.

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Publicado el mayo 12, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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