¡GRACIAS A DIOS, ES LUNES!

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ARTURO CASTILLO

De vuelta a la ‘realidad’, a lo habitual, luego de un fin de semana compartido con la familia, en contacto con nosotros mismos, re-creados. Pero como la vida es un flujo continuo, debemos retomar lo cotidiano, nuestro trabajo, que es la expresión concreta de nuestros ideales, de nuestros sueños y utopías.

Si comprendemos el sentido profundo de nuestros quehaceres, nos daremos cuenta de que no solo se trata de alcanzar metas empresariales, de ejercer nuestros conocimientos profesionales, de devengar nuestro salario.


Entraña, además, la convivencia, el ejercicio de la comunicación, la tolerancia, la paciencia, la capacidad para entender la diversidad de caracteres, la solidaridad.



Y en este ejercicio aprendemos de nosotros mismos, pues nos vemos reflejados en la impaciencia de los otros, en su dificultad para relacionarse, en sus miedos, en el deseo de imponer autoridad; en el afán de ser reconocidos, en el celo de los espacios de poder.

Es decir, lo laboral nos ayuda en el proceso de convertirnos en personas, como diría el psicólogo Carl Rogers. El trabajo es una fuente de recreación humana, una forma de autorrealización.



Pero existe un tercer nivel, poco perceptible para la generalidad de las personas: el trabajo como una forma de servicio; de servicio a la vida.

Servimos a nuestra familia, servimos a la sociedad, nos servimos a nosotros mismos.
¿Qué hay detrás de nuestros afanes cotidianos sino el deseo de servir a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros esposos, a nuestros hermanos?


¿No construimos acaso sus sueños y nuestros sueños? ¿No somos forjadores de destinos? ¿No ponemos lo mejor, lo más hermoso de nosotros mismos, pensando en el futuro de nuestros hijos?

¿Mientras trabajamos, no pasan de tanto en tanto por nuestra mente sus rostros inocentes, sus adorables locuras? 

Y visualizamos a nuestra amada, a nuestra compañera solidaria, al compañero generoso, a nuestros camaradas de la vida, con quienes caminaremos aún muchos trechos; a veces felices, a veces con alma ensombrecida, pero siempre amándonos, apoyándonos.

Sí, ¡Gracias a Dios, es lunes!

Porque nos da la ocasión de la dignidad del trabajo, del acompañamiento humano, de los buenos amigos, de los colegas.
 Porque reafirmamos nuestros anhelos profundos de ser mejores, de permitir ser mejores a otros.


Trabajamos para empresas humanas que no siempre entendemos o apreciamos del todo, pero que sin embargo nos ofrecen un espacio inapreciable, nos acogen con nuestros talentos pero también con nuestras deficiencias.



Construimos, en definitiva, la vida, sostenemos la esperanza de un porvenir luminoso para quienes amamos. Y lo que es más, abrimos la ruta que hará, ojalá, de nuestros hijos seres felices, libres y profundamente humanos.

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Publicado el mayo 13, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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