EL DISCURSO MENTAL DEL FRACASO

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ARTURO CASTILLO

Nadie ha logrado averiguar de dónde proviene el inagotable discurso que los seres humanos escuchamos en nuestra propia cabeza, como tampoco quién es ese locuaz personaje.

Este monólogo empezó en los albores de los tiempos, quizás como una forma de no sentirnos mortalmente solos. Aprendimos a dialogar con nosotros mismos, aunque también otras voces pugnaban por hacerse escuchar.

¿Es ese el mecanismo del pensamiento? Pues sí, y es ello justamente lo que nos hace ‘menos animales’, como dice algún comediante. Somos únicos, tenemos la capacidad de reflexionar, de vernos a nosotros mismos desde fuera, de poder rectificar de manera consciente nuestra conducta, de poder autocriticarnos, de reírnos de nuestros absurdos, aunque sea de vez en cuando.

Pero es también evidente que muchas veces la indignante vocecita pertenece a alguien más. La psicología habla de los introyectos, que son algo así como implantes en nuestra mente, creencias, valores, prejuicios, moralejas, que tuvieron a bien meternos en la cabeza nuestros padres y adultos cuando, como dice María Montessori, teníamos una mente absorbente.

El Análisis Transaccional, con su teoría del PAN (Padre-Adulto-Niño), concebida como la estructura psicológica básica de los seres humanos, sostiene que la voz que suena en nuestra cabeza pertenece al Padre, esa instancia de nuestro Yo que contiene, justamente, las características paternas, como el orden, la disciplina, la conquista de metas, las convicciones, tales como ‘Primero el deber, después el placer’, ‘La responsabilidad antes que nada’.

Por su parte, el psicoanálisis se refiere al Súper-Yo como la conciencia moral, ese aspecto de nuestro aparato psíquico que norma, censura, califica, impone los valores.

Entonces, quien habla en nuestra cabeza, especialmente cuando el mensaje dice: ‘Eres un fracasado, no lo intentes nuevamente’, ‘No vas a poder, es demasiado para ti. No lo mereces’, sería el ‘Padre crítico’, que hace que el Niño se sienta inerme, inútil.

Estos ‘maleficios’ nos acompañan muchas veces toda la vida y son, ciertamente, más que simples voces en nuestra cabeza. Reconciliarse con ellas impone un trabajo serio de introspección.

En la práctica, no se trata de ilegitimar o de legitimar lo que escuchamos en nuestra cabeza, sino de simplemente aceptarlo como parte de nuestra naturaleza. Escucharse a sí mismo implica, justamente, no soslayar lo que se escucha ‘dentro de la cabeza’, como si se tratara de algún forastero que habita en nuestro interior, como un intruso que ha invadido nuestro mundo psíquico.

La sistemática negación de nuestra voz interior lleva a un estado de enajenación, así como prestarle más atención de la debida puede llevar a un ensimismamiento, a una especie de autismo.

Escuchar voces en la cabeza es considerado un síntoma de esquizofrenia; sin embargo, aun las personas consideradas ‘normales’ mantienen un diálogo permanente con aquella o aquellas voces.

Se vuelve un problema cuando se trata de voces condenatorias, descalificadoras, críticas, provocadoras, incitadoras, instigadoras, minimizadoras del Yo.

Eventualmente, pueden hacerle creer al sujeto que es un inútil, un fracasado, un bueno para nada. Entonces, la persona puede convencerse de su supuesta inutilidad, tomando en cuenta que ya antes había escuchado tales afirmaciones de boca de sus propios padres…

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Publicado el mayo 19, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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