ANATOMÍA DE LOS TRABAJADORES

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ARTURO CASTILLO

El trabajo, según la percepción común, es exactamente lo opuesto a la diversión, más aún, el trabajo consta, sin duda, en la lista de las cosas ingratas, aburridas e ineludibles.

Confundimos, además, el valor intrínseco del trabajo con la gratificación que nos producen las cosas que adquirimos con el canje salarial. En estas circunstancias, quien se atreva a sugerir que el trabajo es divertido corre el riesgo de ser considerado un optimista desfasado.

La llamada ‘pasión por el trabajo’ suele ser, generalmente, una compulsiva necesidad de mantenerse ocupado, una forma de huir de sí mismo, diríamos.
Están los que sostienen que valoran su oficio, lo cual no implica que disfruten del trabajo per se. Se refieren, más precisamente, a su capacidad para ponerle el precio adecuado a lo que hacen, a su habilidad para vender bien su fuerza laboral.

Respecto a los que ‘aman’ su trabajo, se trata, casi siempre, de un amor interesado. Aman trabajar en tanto y en cuanto el trabajo les procure lo que su apetito de objetos exige, en la medida en que les confiera el reconocimiento social que ansían, que ellos conciben como ‘realización personal’.

No faltan los que sienten que el trabajo es una tortura perpetua, una pérdida de la verdadera vida, que consiste, según su fantasía, en no hacer nada y tenerlo todo.

La existencia de estas personas está fraccionada entre el trabajo, que implica un tiempo dado en alquiler –el no tiempo-, en el que se hacen cosas de interés para alguien más, y el tiempo después del trabajo -el tiempo verdadero-, cuando se empieza a vivir.

Los adictos al trabajo, por su parte, glorifican todo lo que hacen. Tienen el pleno convencimiento de que gracias a su sacrificada gestión la empresa está donde está. El trabajo es, para ellos, una manera de buscar aceptación, de aliviar su deseo infantil de ser admirados.

El indiferente laboral, en cambio, le apuesta al azar, se conforma con tener un
‘trabajito seguro’. Hace lo estrictamente necesario para sobrevivir, jamás abandona los límites de sus tareas, se mantiene equidistante entre la alabanza por un buen desempeño y el reproche por la ineptitud; no es ni chicha ni limonada.
Su forma de trabajar es funcional, carente de emoción, orientada a los resultados. Después de todo, concluye, lo que se espera de su trabajo, y por lo que se le paga, es producir resultados.

Este es un trabajador ‘ideal’ para tareas repetitivas, donde no hay toma de decisiones, donde el pensamiento creativo difícilmente interviene. Es decir, aquel tipo de trabajo rutinario, esquemático, previsible.

Sin embargo, pese a lo aparentemente deleznable de estas tareas, el valor intrínseco del trabajo está fuera de duda; no hay que perder de vista que es el trabajador quien dignifica lo que hace.

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Publicado el mayo 22, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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