‘QUE SEA EL HOMBRE QUIEN DIRIJA SU PROPIO DESTINO’

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ARTURO CASTILLO

Esta entrevista la realicé durante mi etapa en Diario Hoy – Ecuador Sudamérica. Es mi homenaje a quien fuera un extraordinario ser humano, que con su ejemplo iluminó la vida de incontables mujeres y hombres.

MARCO VINICIO RUEDA Y LA BÚSQUEDA DE LO SAGRADO

“Hace 20 años, cuando les hablé por primera vez de meditación, se levantaron muchos y dijeron: “¡misticismos!”, y me dejaron solo. Hoy existe respeto y percibe gran hondura en el tratamiento de esta práctica”

Marco Vinicio Rueda es un sacerdote jesuita, profesor de Antropología religiosa y Teoría etnológica en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Católica durante 20 años. Fue tres veces Decano de esa facultad y vice-rector de la Pontificia Universidad católica del Ecuador por cuatro años. Ha sido director de los cursos de meditación, precisamente propuestos por él hace dos décadas.

Hace un poco más de un mes recibió un Doctorado Honoris Causa concedido por la PUCE. El padre Rueda es autor de ocho libros de Antropología religiosa y Antropología general. Adicionalmente, Rueda es un precursor de algunas técnicas místicas milenarias, como el Zen, la meditación y el Yoga.

Ajeno a cualquier extremismo, se yergue como un conciliador entre Oriente y Occidente. Ni mucho misticismo, capaz de hacer perder el dominio de la realidad, ni mucho rigor científico, capaz de obnubilar la perspectiva espiritual: el justo medio.

Rueda es un espíritu tolerante, el prototipo del nuevo hombre. La senda religiosa no le ha hecho perder de vista otras vías hacia la realización y plenitud espiritual. Su ecuanimidad se traduce en una técnica –que él llama Meditación integral- que recoge los más ricos logros de la búsqueda por el hombre Trascendental, que han realizado los individuos de todas las épocas. De ninguna manera podríamos, prejuiciosamente, acusarle de haber inventado una forma híbrida de misticismo y menos de haber vuelto su mirada hacia otras creencias. Su postura de hombre universal echa por tierra cualquier intención maliciosa en ese sentido.

Sacerdote de gran hondura, ha rebasado los conceptos para observar el mundo y la vida con un inusitado sentido de trascendencia, poco común en una época como la nuestra, caracterizada por una gran debacle espiritual. Efectivamente, navegamos en un océano de frases hechas, teorías, prejuicios, rótulos mentales, fanatismo y toda clase de estereotipos.

Abrazamos desesperadamente cualquier sofisticada teoría que nos permita mantenernos a flote y en aparente seguridad frente a nuestros propios miedos. Queremos conjurar nuestra angustia rindiendo culto a dioses e ídolos que nos exigen cada vez mayores tributos.

Logramos cosas materiales a costa de nosotros mismos; sacrificando la posibilidad de un auténtico disfrute de la existencia. Mientras acudamos al llamado de los ‘alicientes sociales’ como una forma de respuesta a nuestro inmenso vacío, estaremos condenados a vivir en una dimensión estrictamente material.

He aquí algunas de las sugestiones de un hombre que a sus casi 80 años vive su cotidiana existencia con la misma frescura e interés de un adolecente.

-¿Cuándo usted habla de la hominización de la Tierra, está, también, hablando de la desacralización de la misma, de la pérdida del sentido de lo sagrado?

– Bueno, evidentemente que también el no habernos humanizado plenamente es negar todo un horizonte; somos induccionistas, nos quedamos en la mitad, nos metemos solo en un aspecto. Y, al revés, yo estoy deseando que sea el hombre integral, con todas sus fuerzas, quien dirija su propia vida.

-Gustav Jung sugirió que la tragedia humana radica en el desconocimiento de lo sagrado, de lo trascendente. ¿Cuál es su opinión?

– Yo creo que Jung nos hizo el servicio de recordarnos de dos aspectos que van entrelazados. Por un lado, hemos olvidado esta realidad sacral, condicionada por lo económico, lo político, lo social, lo biológico, pero que está ahí latente, que es un fuego iluminador y, por otro lado, Jung, dice que hemos perdido la conexión con las fuentes simbólicas, con los arquetipos profundos, con esa raíz del hombre; estamos como desenraizados, como si a una planta se le cambiara de maceta todos los días, obviamente, esa plata muere, no tiene tiempo para absorber su alimento, y fenece.

– Jung dice que hemos perdido la conexión con las fuentes simbólicas, con los arquetipos profundos, con esa raíz del hombre; estamos como desenraizados. ¿En su caso, cuánto le ha servido la religión para realizar el sentido de lo sagrado?

– Yo creo que en la medida siempre parcial y limitada con que todo ser humano se va realizando, yo encuentro que ha habido un hallazgo de este yo profundo, y la meditación es la fuerza que me ha ayudado, por eso he procurado desarrollar la formación, no digamos la enseñanza, de la gente para la meditación.

-Volviendo a Jung. El propone que el alma tiene una función religiosa, de ser así, ¿cuánto valen los rituales externos que practican los hombres?

– Es evidente que tiene que ser algo muy profundo, pero somos también humanos y no olvidemos que desaparecería el aspecto integracionista, desaparecería el aspecto de nuestros sentidos, el aspecto social humano, que se asocia con otras personas, por eso yo creo que no es totalmente una negación, sino es un complemento, como decíamos antes, de esta fuerza. Lo principal es el encuentro con lo sagrado; ese encuentro con lo sagrado e inefable es una experiencia rica, tiende a plasmarse muchas veces en algo efectivo, sensible, como la luz, como el sonido o la organización del Universo. Esos símbolos que hoy son solo signos…

-¿Cuándo usted habla de meditación se refiere a una especie de transposición del misticismo hindú o a una experiencia personal con aquella?

– Yo creo que hay que aprovechar de toda esta experiencia de milenios que supone el meditar. Como yo suelo decir, respirar, tomar una postura oportuna para meditar, no es ni oriental ni occidental, sino que es humano. Pero hay ciertas experiencias milenarias, ¿por qué no aceptarlas e incorporarlas? Yo he llamado a mi pequeña entrega, en el orden meditacional, ‘meditación integral’, porque hay que integrar lo corporal, hay que integrar lo vivencial. Usted sabe que no podemos dedicarnos únicamente a una concepción intelectualista, a un cartesianismo.

– Esta práctica, ¿tiene el valor de una catarsis, o sirve para ese encuentro con lo sagrado?

-Evidentemente, lo central, como en todas las grandes técnicas del Yoga, del Zen y las demás formas de meditación, siempre tienden a esa unión con esa realidad profunda. Producen al mismo tiempo paz o catarsis, pero en el momento en que nos ponemos a buscar eso, que se abra el tercer ojo o que seamos capaces de levitarnos, desaparece el vacio conveniente, desaparece el silencio interior y se ha hecho un negocio; pero nunca se tendrá lo rico de la meditación.

Por eso yo insisto en la gratuidad, hay que ir a la meditación por la meditación, y ella producirá sus efectos. No es una píldora calmante sino una disciplina, como lo está indicando el mismo nombre del Yoga, por ejemplo, que quiere decir yug, unión, un enlazamiento, es una unidad.

-¿Si hay que ir a la meditación con ese vacío, sin el querer, sin el desear, entonces, que le queda al hombre?

– ¡Ah!, le queda todo su yo profundo, porque de lo que se hace el vacío no es de su luz, de su amor, sino que se despoja de lo que los Maestros del Zen llaman el no-yo, que son sus ideas, sus prejuicios, sus sentimientos, sus imágenes, todo eso tiene que ceder, tiene que desaparecer.

No es un vacío de la nada, porque entonces el modelo supremo de meditación lo tendríamos en la pared. No, es el hombre despojado de este no-yo. Sus complejos, sus ideas, que en definitiva no son él mismo. Es la máscara, el humo que se ha formado en torno a su yo profundo.

-¿No está usted hablando de una ‘sublime fuga’, de evadirse de la realidad?

– Cierto es que para muchas personas la meditación puede ser una fuga, y creen que porque ya realizan la meditación han ido superando, o van a superar sus dificultades y después se encuentran con un fracaso, con un abandono. Yo suelo hablar de tres niveles de meditación: un zen de coctel, y hay gente que medita de coctel, es decir, lo suficiente para conversar diez minutos de pie con bocaditos en la mano, pero eso no produce cambios, es solo un juego psicológico y hay muchas personas que compran y leen libros para eso, nada más. Hay también un zen gimnasia, que puede ser un hatha yoga puro (yoga corporal), sin consecuencias más profundas.

-¿Qué le recomendaría al hombre que vive en este tráfago cotidiano?
¿Qué atractivos podría ofrecerle esta clase de práctica?

– Yo creo que arranca de una gran necesidad interna que le pide el realizarse. Acostumbro hacerles a los estudiantes de meditación un pequeño cálculo; les pregunto cuántos cuartos de hora hay en el día; cuando me responden que 96 les digo que yo les estoy pidiendo dos y les dejo 94 para todos los ajetreos políticos y todas las danzas. No es un mal negocio salvar la vida entregando dos cuartos de hora.

Hace 20 años cuando les hablé por primera vez de meditación, se levantaron muchos y dijeron: “¡misticismos!”, y me dejaron solo. Hoy existe respeto y percibe gran hondura en el tratamiento de esta práctica.

-Mircea Eliade habla de la necesidad de sacralizar la vida, y Jung, por su parte, menciona la importancia que tiene para el hombre tomar contacto con los símbolos y los arquetipos. ¿Que relación existe entre o uno y lo otro?

– Opino que hay que vivir en calidad, que es la avenida que nos lleva a toda esta riqueza interior, y la calidad de uno mismo, la convicción, lo que nos pone en contacto con este fondo arcaico profundo. La misma liturgia, por poner un ejemplo religioso, se ha transformado en ritualismo, son una serie de ceremonias que ni las entiende mucha gente; tiene que ser vivida despacio.

La liturgia católica maneja símbolos como el agua, el aceite. Esos grandes símbolos, con la luna y la serpiente, son los que han educado a la humanidad. Pero, lamentablemente, ya son puros signos. Estamos en una gran época del signo, pero hay que salvar la vida volviendo a la hondura del símbolo.

Muchas de las grandes vivencias religiosas o profundamente humanas son inefables, no pueden ser expresadas por la palabra. Frente a la muerte un hombre lo que dice son generalidades, frases hechas o cortas, pero cargadas de sentido.

Quien vive los símbolos se va necesariamente interrogando sobre estos aspectos profundos; quien vive el símbolo del Padre Imbabura, en el fondo empieza a descubrir una dimensión más rica de la vida y el sentido de lo sagrado, para enlazar lo que proponen esos dos hombres geniales.

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Publicado el mayo 22, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Muchas gracias, es un texto profundo, con muchos hilos para caminar.

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