LOS CONFUSOS ESTILOS DE LIDERAZGO

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ARTURO CASTILLO

La historia del mundo es, en buena medida, la historia de liderazgos extraordinarios, el relato de acciones épicas de hombres y mujeres, que fueron capaces de cambiar el curso de los tiempos.

Algunos liderazgos provocaron guerras y tragedias, impusieron fundamentalismos de diverso orden, se implantaron a sangre y fuego; generaron odio y persecución. Fueron líderes convencidos de su origen divino; dioses entre los mortales, elegidos para enseñorearse, para ser venerados.

La historia también da cuenta de líderes carismáticos que con su palabra y su ejemplo reactualizaron los valores humanos más excelsos.

En ámbitos más cotidianos, como el laboral, el liderazgo se ha convertido en un atributo supremo, imprescindible para quienes ejercen una tarea ejecutiva; es decir, se espera que los jefes tengan dotes de líderes. Esa expectativa les lleva a sobreactuar su papel, a exagerar el personaje; son líderes por encargo.

A propósito, las ‘tipologías’ del liderazgo persisten en la atomización; proponen cuatro o cinco ‘estilos’ como actitudes separadas de la vida concreta; no entienden que son expresiones vitales, modos de ser en el mundo.

Por ejemplo, el líder ‘autoritario’ se comportará, con toda seguridad, de la misma manera en cualquier otro ámbito de su existencia. El líder ‘delegativo’, un individuo que reparte el trabajo con tal generosidad que no se reserva nada para sí mismo, en su vida privada se las pasará ordenando a los demás, delegándoles tareas.

El ‘participativo’ consultará con todo el mundo, pero terminará haciendo su voluntad. En cambio, el ‘directivo’ prescribirá a cada uno de sus colaboradores cómo han de hacer las cosas; o sea, a su manera.
Suena demasiado parecido a la vida real como para pretender que son atributos exclusivos de los líderes. Son, en realidad, rasgos de la personalidad humana general. ¿Por qué cuatro estilos? Mero capricho intelectual, obviamente.

He aquí, tentativamente, otros tipos de líderes: paternal, abusivo, infantil, sabelotodo, prepotente; acosador, represivo, seductor.

Resulta impropio, además, plantear estilos ‘puros’, de la misma manera que se sabe, por ejemplo, que no existen el introvertido puro o el extravertido puro.

Adicionalmente, cabría preguntarse si es coherente hacer una superposición del temperamento del sujeto con su estilo de liderazgo. Si el flemático puede a la vez ser un líder agresivo; si el sanguíneo puede ser un líder prudente.

Por último, el líder no está por sobre la condición humana; tiene un largo trecho por recorrer, como todos, para convertirse en una persona de verdad, a menos que piense que sus destrezas profesionales están por sobre su propio desarrollo, que es más importante tener éxito que realmente vivir con un sentido de plenitud.

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Publicado el mayo 25, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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