¿QUÉ MOTIVA A TRABAJAR A LOS SERES HUMANOS?

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ARTURO CASTILLO

Cabe preguntarse si el trabajo es un instinto en el ser humano, o simplemente una obligación social ineludible, un condicionamiento, una forma de supervivencia, en sentido literal.

Lo que hacen otras criaturas de la naturaleza, como los pájaros, las abejas, las hormigas, no calza dentro del concepto humano del trabajo.

Se supone que a diferencia del instinto animal de hacer cosas, el ser humano necesita hallar un sentido, ‘justificar’ por qué y para qué hace lo que hace. El ser humano nace para trabajar, existe ineludiblemente para dedicar su tiempo y energía a la realización de quehaceres.

En la convivencia con los demás, un momento dado se volvió ‘empleable’; debió trocar su esfuerzo físico por una paga. Un momento dado de la historia, descubrió que podía rentar el esfuerzo de los demás a cambio de algo, que vino a ser, incipientemente, el salario.

Fue esa relación, empleador-empleado, lo que dio un giro definitivo al sentido del trabajo; en adelante se trabajaría para obtener algo específico, en adelante se alquilaría el tiempo de alguien.

El mutuo condicionamiento hizo del trabajo algo material, traducible a una escala, a un valor, a una cifra. Sin embargo, al hombre no le bastó con la gratificación material de su esfuerzo; tampoco le era suficiente la aceptación del trabajo como una maldición divina.

Una sensación, aunque no siempre presente, de profunda satisfacción, de expansión espiritual, le hacía intuir que el trabajo debía tener también un carácter trascendental. A partir de este punto, la motivación hacia el trabajo tomó un curso dual: los motivos del ‘dueño del trabajo’ y los motivos propios.

En la actualidad, las empresas se rompen la cabeza tratando de encontrar la fórmula de la motivación; quisieran descubrir qué estimula al trabajador de hoy, algo que fuera susceptible de reproducirse, de efecto duradero y masivo.

Desafortunadamente, la motivación es una tarea individual, independientemente del esfuerzo que hacen para estimular a sus trabajadores por un lapso extendido, hasta cuando el ‘efecto’ ceda ante la rutina, la desidia, el cansancio crónico.

El problema radica en el giro social de las necesidades, en el cambio anímico y psicológico de los individuos. Se trata de un mundo enteramente distinto, que fabrica ilusiones. La dependencia hacia el dinero, todo lo que hay que comprar, ubican a los estímulos económicos en primer plano.

Sin embargo, el ser humano tiene también otras necesidades, que Abraham Maslow graficó en su famosa pirámide. Tuvo mucha razón al afirmar que “el hombre es un animal de necesidades”. Dicho sea de paso, en la sociedad de consumo, la satisfacción de necesidades jamás halla plenitud, sosiego, pues el sistema se encarga de generar un sentimiento permanente de carencia en los sujetos, volviéndolos vulnerables, tremendamente manipulables.

El trabajo, en ese contexto, viene a constituir un medio ‘eficaz’ para cubrir esas necesidades, aunque su legitimidad sea dudosa. Efectivamente, muchas de ellas tienen un carácter artificial, absolutamente intrascendente; aun así, sirven para que los individuos las usen como motivaciones, como metas que el trabajo permite alcanzar.

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Publicado el mayo 25, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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