SUPERVISIÓN LABORAL, ¿TORTURA PLANIFICADA?*

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ARTURO CASTILLO

El trabajo supervisado tiene muy buenas posibilidades de arrojar resultados positivos, siempre y cuando no se trate de un mecanismo de control atosigante y persecutorio, siempre que quien supervisa no coarte la iniciativa de los trabajadores.

La supervisión laboral, de manera general, debe ser aplicada con buen criterio, con énfasis en aquellos empleados que laboran a un ritmo que tiende a retrasar el cumplimiento de metas, quizás porque tienen experiencia y destrezas que están por debajo de las de otros trabajadores.

Sin embargo, la supervisión también aplica para el seguimiento del trabajo de los equipos de la organización. Las reuniones periódicas sirven a ese propósito; son una supervisión grupal.

No debe confundirse, sin embargo, supervisión con vigilancia, que puede convertirse en un martirio sistemático, en una forma de espoleo, en un mecanismo para mantener en continua tensión a los trabajadores, bajo el supuesto de que de esa manera rendirán mejor.

Si la convicción es que ‘la gente es mal llevada’, la supervisión será definitivamente errónea, pues partirá desde un prejuicio, desde una generalización malsana. Habrá que preguntarse entonces si lo que se supervisa es el trabajo como tal o a las personas, en virtud de su ‘anomalía’.

He ahí la diferencia entre quienes tienen la función de supervisar. Mientras unos se desgastan en su propósito de vigilar, en el afán de trincar a los ‘incompetentes’, otros usarán la supervisión como un puente de diálogo y de confianza, como una herramienta de mejoramiento continuo, de capacitación individualizada.

Obviamente, la supervisión está conectada con el ejercicio del liderazgo. Quien supervisa debe tener la capacidad para encauzar las habilidades de sus subalternos, debe reconocer las diversas aptitudes y actitudes de los miembros de sus equipos de trabajo. Debe aprender a fluctuar entre la firmeza y la tolerancia, entre el ejercicio de la autoridad y la empatía, sin caer en un comportamiento condescendiente.

La supervisión discreta, inteligente, con acciones y ejemplo más que con reconvenciones y reproches amenazantes, eleva el ánimo y desarrolla un sentido de pertenencia en los trabajadores. En cambio, si ellos sienten cada reunión de supervisión como una toma de cuentas, su actitud se tornará defensiva, hostil.

Es preferible que la supervisión sea planificada, dentro de un cronograma; aun así, es probable que quien supervisa prefiera hacerlo intempestivamente. Está en su derecho, pero seguramente quedará con los trabajadores como un cargoso. Supervisar, definitivamente, no es sinónimo de atormentar.

* Publicado en Semanario Líderes de El Comercio – Ecuador – Sudamérica.

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Publicado el mayo 25, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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