QUÉ SIRVE Y QUÉ NO PARA EL CURRÍCULUM

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ARTURO CASTILLO

La educación de nuestros días se ha institucionalizado al punto de haberse convertido, casi totalmente, en propiedad privada. Este fenómeno se sustenta en la creencia cultural de que el conocimiento es un bien, susceptible de comprarse y venderse, de comercializarse.

Las empresas educativas han asumido el papel de depositarias del conocimiento, que lo ofrecen a un determinado costo, según la segmentación social.

Indudablemente, el advenimiento de la universidad como estructura formal constituyó un hito para el desarrollo del pensamiento humano. Los librepensadores, en el naciente esquema, pasaron a ser sujetos marginales, poco dispuestos a claudicar, a someterse a la ‘oficilialidad académica’.

El tiempo, sin embargo, terminó por absorber a los intelectuales solitarios. El mecenazgo se convirtió en la salida obligada de artistas y hombres de ciencia, una forma de supervivencia.

Hoy en día, la institucionalidad del conocimiento es un hecho normal, y los librepensadores, un linaje definitivamente perdido.

De hecho todo conocimiento es canalizado a través de la vía comercial, que valida lo que los individuos aprenden. Parte de esta estrategia se concreta en la concesión de títulos y diplomas, que, pretendidamente, reflejan, cuantitativamente, lo que las personas conocen.

En ese sentido, Internet es un ámbito que desafía al ‘establishment’ académico, aunque no deja de reducir el conocimiento a un bien, a algo que se puede ‘transaccionar’.

Pero el tema es la validez de esa información, si, por ejemplo, los cursos que se ofrecen, en una diversidad de materias y campos, y los diplomas y certificados que se extienden, debieran ser reconocidos, como para que ameriten ser registrados en el CV; si tienen el peso necesario como para que su exigente jefe considere un ascenso, un mejor salario.

La legitimidad, entonces, no radica en el conocimiento como tal, que, en teoría, hace al sujeto más competente, sino en el origen, en la fuente de esa información.

Internet carece de esa legitimidad, a menos que quien respalde esos conocimientos sea una entidad educativa legalmente constituida, con licencia para cobrar.
Es una cuestión, además, de prestigio. Efectivamente, los conocimientos ofertados, independientemente de su sustancia, que puede ser extraordinaria, deben tener cierta proveniencia.

No sería conveniente, entonces, incluir un diploma ‘cualquiera’ en el CV si no cumple con los requisitos señalados; así lo considerará también la empresa para la que usted quiere trabajar. Entonces, si no todo papel académico califica, simplemente confórmese con saber más.

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Publicado el mayo 27, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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