CUANDO EL TRABAJO AFECTA LA VIDA PRIVADA

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ARTURO CASTILLO

El trabajador de nuestros días está obligado a llevar una vida fraccionada, que confronta lo personal con lo profesional. Esta dicotomía afecta de manera directa a la familia, incide en el universo privado del individuo.

La empresa, como es obvio, hace uso pleno de sus prerrogativas, comprometiendo al trabajador a concentrarse en sus tareas, a cumplirlas a cabalidad, aunque para ello deba, si fuera preciso, usar las horas de descanso, el tiempo de la familia.

Naturalmente, no siempre se explicita esta situación, pero la forma cómo se presenta el régimen laboral exige de niveles de entrega que prácticamente privan al empleado de su vida personal.

Esta circunstancia está, generalmente, acompañada de algunos mecanismos de presión para que el trabajador labore más allá de lo razonable. La técnica más común consiste en enviarle mensajes subliminales en el sentido de que podría perder el trabajo.

Ante este panorama, al sujeto no tiene más remedio que llevar los pendientes a casa, aunque ello le acarree una serie de inconvenientes domésticos. Obviamente, la familia queda inerme frente a esta imposición. ¿Cómo podría reprochársele a quien se sacrifica por el bienestar de los suyos?

Esta sana resignación no durará mucho tiempo; el individuo enfrentará un verdadero dilema, se sentirá paralizado, imposibilitado de servir a dos amos.

Los medios electrónicos han agravado enormemente esta situación, puesto que muchos trabajadores difícilmente logran desconectarse de sus tareas; son localizables y controlables por varios medios, lo que los convierte en objetos y posesiones de las empresas. De ello pueden dar cuenta muchos ejecutivos.

La familia debiera ser un escudo natural contra la saturación laboral, un refugio capaz de permitirle a la persona liberarse de las tensiones, regenerarse y recuperar la perspectiva de sí misma, afianzarse en su centro emocional.

Se ha vuelto normal la ‘prueba de amor’ exigida a algunos directivos, consistente en dar claras muestras de que la familia no interferirá en el sagrado desempeño de sus obligaciones.

Esa disponibilidad, que puede llegar a convertirse en una forma de sometimiento, no solo resulta perniciosa para el espíritu, sino que constituye una distorsión del sentido humano del servicio.

Las empresas, de su parte, hacen mal al condicionar a sus colaboradores, al someterles a un régimen de ‘abnegación’ laboral. A la postre, el perjuicio será para sus propios intereses, puesto que un individuo carente de un eje emocional, despojado de sus raíces afectivas, de la seguridad que concede la familia, no está en condiciones de rendir en todo su potencial.

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Publicado el mayo 28, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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