ADULTEZ, DESARROLLO Y CRISIS VITAL

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ARTURO CASTILLO

La credulidad racionalista, propia de nuestra época, explica al ser humano nacido de la tecnología, quien cree tener el control absoluto de su existencia, la ilusión de que los datos que ha logrado acumular en su cabeza, le darán todo tipo de respuestas, incluidas aquellas que tienen que ver con el sentido de la vida.

Piensa que sus conocimientos le resolverán el misterio del amor, los dilemas de la existencia, que le servirán para explicarse por qué está aquí, hacia dónde se dirige.

Sin embargo, el advenimiento de la mitad de la vida suele confrontar al sujeto convencido de que ha alcanzado plena madurez, que ha llegado el tiempo de reposo, la consolidación de su carácter. Efectivamente, existe la convicción de que la adultez es una fase de conclusión vital, que a partir de ese momento vendrá el solaz, la cosecha pródiga, el anhelado reposo.

Al contrario, la adultez, con toda su riqueza, constituye un tránsito, un movimiento de la vida en dirección del cambio. La mitad de la vida, lejos de traer reposo, suele agitar el avispero; es capaz de confrontar al individuo con sus temores latentes, con miedos cuidadosamente enterrados. Saca a la superficie los aspectos incompletos de la personalidad, desnuda los vacíos emocionales, revela el débil universo psicológico de la persona.

La fase adulta es tan transicional como la niñez y la adolescencia, que vienen preñadas de circunstancias anímicas, físicas y espirituales específicas, que son arquetípicas.

El desconocimiento de las características de la vida adulta, ha hecho que se la llame también, falsamente, ‘madurez’. Este adjetivo traiciona el sentido y la realidad vital de lo que ocurre durante ese segmento de la evolución humana.

Efectivamente, la psicología del desarrollo ha concentrado sus esfuerzos mayormente en el estudio y observación de la niñez y la adolescencia, pero no es mucho lo que ha indagado respecto de la vida adulta, menos todavía acerca de la vejez.

Solo una perspectiva holística de la evolución humana permite a considera cada fase del desarrollo una transición, un puente hacia experiencias que hacen de la vida un misterio insondable, donde no existe un tope o término.

Lo cierto es que la vida adulta es la línea que divide la existencia en dos grandes porciones. La primera está signada por lo externo, es básicamente exógena, con la exigencia de la consolidación de la persona, de los estatutos sociales.

Tiene que ver con los logros académicos, la profesión, la familia, el juego de las relaciones, la pareja, las conquistas materiales. Se busca afianzar los ideales de vida, las metas; el sujeto se prueba a sí mismo y se prueba ante los demás, responde a los dictámenes sociales.

Después de todo el esfuerzo desplegado, con los triunfos alcanzados, el sujeto se siente merecedor de un largo descanso, que le dé tiempo para disfrutar de todo lo conseguido. Ha llegado, está convencido, a la ‘madurez’.

No será mucho, sin embargo, el tiempo que durará el reposo. No tardarán en llegar los cuestionamientos, inclusive las contradicciones en cuanto a la legitimidad de lo conquistado. Desde la perspectiva junguiana, es la ‘Sombra’ que se ha interpuesto en el camino.

Previsiblemente, si el sujeto vivió ‘falsas transiciones’, si su niñez y juventud carecieron de algún grado de plenitud, si quedaron situaciones inconclusas, la vida hará lo suyo, llevándole de vuelta hacia aquello que quedó por completar, por consolidar.

Estas recurrencias ocurren durante la adultez, al punto que el individuo puede sentirse tentado a actuar como un adolescente, cediendo a la sexualidad trivial, a los amores pasionales, a la irresponsabilidad que nunca se permitió.

El sujeto maduro puede, de pronto, tornarse pueril, superficial, ‘espontáneo’. Sus juicios responder más a sus volubles emociones de hoy que a las sólidas razones intelectuales de antaño.

Si se considera que la vida se mueve en dirección de la completud, del equilibrio psico-emocional y espiritual, se entiende que no se puede continuar la existencia en la segunda mitad de manera impune, obviando aquellas experiencias que son inherentes al ser humano.

La ‘Sombra’ cumple con una función vital, que consiste en catalizar lo vivido por el sujeto, impulsándole a realizar aspectos de sí mismo que de otra manera pasarían desapercibidos, y que son cruciales para su evolución.

Sin embargo, pocas son las personas dispuestas a convivir con su ‘Sombra’, con el ‘contradictor’, con ese lado de sí mismo que no siempre se muestra complaciente, dispuesto a transigir, a aceptar incondicionalmente lo que dispone el Yo.

De otra parte, la no aceptación, o mejor la negación, del lado sombrío de la psiquis puede llegar a provocar una auténtica batalla interior. Carl Gustav Jung se refiere en estos términos a esa crisis:

“Entre los treinta y cinco y los cuarenta años observamos los preparativos para un cambio significativo en la psiquis humana. Al principio, este cambio tiene lugar de un modo inconsciente y apenas perceptible. Incluso síntomas indirectos del cambio se hacen apenas presentes, porque él surge gradualmente del inconsciente humano. Hay a menudo una alteración gradual en el carácter de la persona; en otros casos se exhiben algunos rasgos que se habían perdido en la niñez”.

El mundo consolidado de la década de los treintas, cuando el individuo tiene la sensación de ‘haber llegado’, de la plenitud de las conquistas, puede, de pronto, verse perturbado. El ‘contradictor’ le hará dudar de sus conquistas, de sus convicciones, ante lo cual el sujeto adoptará una actitud rebelde, reminiscencia de su época juvenil, cuando no admitía crítica alguna.

Las ideas ‘definitivas’, producto de una personalidad supuestamente acabada, no serán fáciles de resignar. Sus concepciones acerca del amor, la libertad, el éxito, la vida, la sexualidad, el trabajo, la sociedad, el matrimonio, que parecían coherentes, producto de la experiencia personal, en este punto se tornan relativas.

Consecuentemente, frente a la duda, muchas personas se vuelven rígidas, intransigentes, dogmáticas. Se sienten amenazadas, no quieren que les despojen de sus valores, de sus principios; no quieren ver comprometida su entera existencia; de modo que se vuelven contra sí mismas, contra los demás.

Lo contrario, si el individuo decide reconsiderar su estilo de vida, quizás se sienta tentado de volver al pasado, a la añorada etapa de una adolescencia vivida a medias; se entregará a su lado pueril, despreocupado, ávido de ‘nuevas’ experiencias.

Obviamente, estos giros vitales ocurren regularmente de forma inconsciente; la persona será apenas consciente de lo que le está sucediendo. Son movimientos subterráneos, manifestaciones del inconsciente, que se mueve en dirección de la completud, del desarrollo pleno de la psiquis; es lo que Jung llama ‘proceso de individuación’ (Principium individuationis), «aquel proceso que engendra un individuo psicológico, es decir, una unidad aparte, indivisible, un Todo».

“Individuación, dice Jung, significa llegar a ser un individuo y, en cuanto por individualidad entendemos nuestra peculiaridad más interna, última e incomparable, llegar a ser uno Mismo. Por ello se podría traducir individuación también por mismación o autorrealización”.

El punto es, cuán dispuesto está el sujeto a recomponer su vida, cuánto deseo tiene de asimilar los cambios que se perfilan desde el fondo de su alma. Si tiene cierta riqueza vital, si asimiló adecuadamente las experiencias vividas, gratas e ingratas; si su postura frente al mundo no es de poder o de prestigio. Si el amor no le fue del todo ingrato, y dispone de una reserva moral, seguramente el tránsito a la segunda mitad de la vida no constituirá un proceso traumático, doloroso, desestructurante.

Al contrario, si todo lo que de lo que dispone la persona es su prestigio social, holgura material, una espiritualidad superficial; experiencias del amor con apego y posesividad. En suma, si su vida se define estrictamente por lo externo, probablemente el cambio psíquico le provoque una grave neurosis.

La llamada ‘segunda juventud’, que muchos hombres quieren vivir desesperadamente, es un claro signo del advenimiento de la crisis vital. En la mujer, el reestreno de la libertad, una vez que la maternidad ha dejado de ser una carga irrenunciable; cuando la menopausia le desinhibe sexualmente y le permite explorar con su propio placer, la segunda mitad de la vida puede traerle nuevas experiencias, una búsqueda auténtica de sí misma.

La proclividad a la separación, a la ruptura familiar y de pareja, está presente en la transición a la segunda mitad de la existencia, sobre todo si la relación no logró trascender la rutina, la consolidación puramente material de la familia.

No es raro que hombres y mujeres navegan por las difusas aguas de la incertidumbre, de la ansiedad, que se ‘pierdan’ por un largo tiempo; que no atinen en qué dirección tomar, cómo reacomodar sus sentimientos, de qué manera redefinirse como sujetos.

Es importante, en ese punto, mantenerse atentos a los signos y señales que la propia vida suele dar. Efectivamente, el proceso de individuación contiene en sí mismo las respuestas vitales que el ser humano necesita, es una experiencia arquetípica de la que incontables individuos han emergido cargados de sabiduría, con otro sentido de la vida.

La condición es mantenerse alertas, prestos a dar batalla, en el mejor sentido. Ya no sirve la agitación externa; es necesario el silencio interior, la búsqueda de un camino espiritual, sin fundamentalismos, sin arrogancia intelectual, con humildad.

El amor será siempre una respuesta, en tanto no condicione la libertad, que no sea un pretexto para refugiarse de la inseguridad, de la indefensión.

En cuanto al mundo material, será irrenunciable vivir en él, pero sin acceder a sus condicionamientos, sin confundir el yo, la persona y sus roles, con la verdadera identidad, con el Ser.

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Publicado el mayo 30, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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