EL ARTE DE LA TRANSFORMACIÓN MENTAL

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ARTURO CASTILLO

“¿De modo que tu nariz gotea? Entonces, estúpido, alégrate de tener una manga donde limpiarla”. Esta reprimenda de Epicteto, el estoico, toca, con seguridad, a quienes han hecho de la queja su estilo de vida.

No se trata, obviamente, de confiarse a un optimismo silvestre, sino de cultivar la facultad de ver el aspecto potencialmente ventajoso de situaciones que nuestra mente tiende a categorizar como “negativas”.

Es por ello que los antiguos alquimistas hablaban de la “alquimización” de los estados mentales, de la posibilidad de transmutar las actitudes “densas” en conductas vivaces, de transformar el pesimismo en optimismo, la rutina mental en imaginación, la pereza en dinamismo, los temores en confianza, en fin, el infortunio en bonanza.

Esa frescura mental, ese genio dispuesto y abierto no se alcanzan precisamente con costosos workshops’ conducidos por los más famosos motivadores y líderes empresariales; se trata más bien de una conquista personal, a través de largos años de disciplina, de trabajo sobre sí mismo.

El arte de ‘ver más allá de las narices’, de penetrar en la apariencia de las cosas, de encontrar una alternativa en aquello que parece insoluble, exige de una transformación mental, cuya laboriosidad muy pocos están dispuestos a asumir.

Nuestra mente es como un péndulo que fluctúa entre los extremos del éxito y el fracaso, el amor y el desamor, la fortuna y el infortunio, la felicidad y la infelicidad. Estas ‘oscilaciones’ nos impiden ver las cosas más allá de lo circunstancial, en su aspecto esencial.

El ejercicio de transmutación de nuestros pensamientos empieza con la capacidad para contactar con la cosa en sí, con lo que es, sin las fantasías que distorsionan la realidad. Es necesario aprender a relajar la mente, a fin de que las imágenes que traen anticipaciones trágicas, pesimismo, duda, no echen raíces en nuestro interior.

La imparcialidad para observar el espectáculo mental, sin involucrarse, sin hacer juicios, sin pelear, mientras se respira serenamente, es el inicio de una práctica cotidiana que ayudará a verse a sí mismo y a los hechos como fenómenos cambiantes, y no como estructuras definitivas.

Obviamente, la naturaleza del ejercicio intelectual, al que está habituado nuestra mente, nos hace concebir la realidad a partir de conceptos, de paradigmas, de postulados; de modo que cuando tenemos que lidiar con hechos y vivencias que trascienden toda posibilidad de explicación racional, experimentamos un estado de parálisis mental, de bloqueo emocional.

Sin embargo, lejos de renunciar a nuestra manía racionalizadora, hallamos, o intentamos hallar, alguna explicación que nos permita recuperar el dominio, el control de la realidad. Desgraciadamente, no conocemos otros recursos, otra forma de vernos a nosotros mismos y de asumir nuestra existencia, salvo desde la ‘elocuencia’ de nuestro intelecto.

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Publicado el mayo 31, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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