USO Y ABUSO DE LOS TÍTULOS ACADÉMICOS

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ARTURO CASTILLO

La influencia del trabajo en nuestras vidas es tal que llegamos a autodefinirnos a partir de nuestra ocupación. Fácilmente asumimos que somos ‘el ingeniero’, el médico’, ‘la economista’, ‘la arquitecta’, etc. Más aún, estamos persuadidos de que el mundo entero tiene que considerarnos y tratarnos en función de nuestro estatus académico, de nuestro membrete profesional.

La sociedad ecuatoriana es particularmente sensible a la utilización de los títulos, que suelen valorarse más que a las personas mismas. Se tiende a categorizar a los individuos por los diplomas, por su ‘nobleza académica’.

Es muy común escuchar que alguien se siente ofendido porque no se antepuso a su nombre su etiqueta profesional. La afrenta consiste en omitir aquello que para el agraviado es el núcleo de su importancia pública.

Este culto a los rangos, grados y títulos forma parte del Ecuador que aún se siente como un poblado, que se niega a soltarse de sus rigideces sociales.

Es una herencia de aquellos días en que solo unos pocos tenían el privilegio del acceso a la educación, cuando tener un doctor en la comarca era todo un suceso. El ‘doctorcito’ recibía toda clase de honores, era objeto de una admiración reverente. Pero hoy, cuando abundan los Phds, los ‘masters’, los ‘postgraduados’, etc., las categorizaciones a partir de las conquistas académicas resultan obsoletas.

El ejemplo cabal de la relativización de los títulos son los países del Primer Mundo, donde difícilmente se escucha a alguien anteponer el título a su nombre, y menos que reclame para sí un trato especial a partir de las distinciones académicas.

Los títulos se reservan para los ámbitos académicos, para el entorno estrictamente profesional, para las aulas universitarias, para fines científicos y literarios. Fuera de ello, el individuo es un ciudadano normal, con los mismos privilegios y deberes que cualquier mortal.

No hay que descartar el sentimiento de inferioridad como la causa de la exigencia o expectativa de que todo el mundo nos trate según lo que acredita un cartón que cuelga de la pared.

Es necesario recordar que el único rango verdaderamente válido es el de seres humanos, lo demás son convencionalismos, formalidades y clasificaciones útiles en ciertos contextos.

El fervoroso culto a los títulos de cuarto nivel confunde el hecho básico de que el rango profesional y la trayectoria educativa no siempre hacen del sujeto una mejor persona. Habrá que reconocerle, eso sí, que dispone de una buena ‘base de datos’, de un cerebro privilegiado.

Está fuera de toda duda, de manera radical, el valor intrínseco del conocimiento; no obstante, los títulos no avalan, necesariamente, la posesión del conocimiento. Efectivamente, muchos sujetos son solo gente bien informada, pero en modo alguno doctos.

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Publicado el junio 5, 2013 en EL YO DIVERSO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Excelente valoración de esta costumbre de herencia colonialista!!!
    Espero pueda difundir su nota en otros paises de latinoamerica, es muy necesario que estas ideas se sobrepongan a las costumbres actuales.

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