CÓMO ENTENDER LOS CÓDIGOS DEL ÉXITO

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ARTURO CASTILLO

En la sociedad moderna, la palabra eficiencia ha cobrado tal importancia que se le rinde un verdadero culto; ella es la meta suprema de sociedades enteras, el parámetro que divide a la humanidad en dos grandes parcelas: el mundo ‘civilizado’ industrial, y los países ‘en vías de desarrollo’, un eufemismo que esconde la palabra ‘ineficientes’.

Ahora bien, la eficiencia está estrechamente emparentada con la eficacia, otro paradigma de la sociedad de consumo. En el mundo laboral, por ejemplo, ser eficaz significa devengar hasta el último centavo del maltrecho salario, implica producir más en el menor tiempo posible.

El individuo eficiente y eficaz, concretamente, es un trabajador hecho a la medida de las expectativas empresariales, que exige poco y se da como una generosa vertiente.

Es eficiente, y su eficiencia consiste en apegarse a lo instituido, en respetar lo que determinan los manuales y los códigos, los procesos organizacionales.

La persona eficiente, según quieren algunas empresas, se acoge a lo literal; no se le cruzan por la cabeza ideas innovadoras, no peca de ingenuo al tratar de cambiar lo que ha sido sacralizado.

Debe respetar la tradición: ‘Aquí las cosas se hacen así’. No debe actuar como un advenedizo, como un don nadie que de pronto quiere cambiar las cosas, poner todo patas arriba.

Pero más allá de lo profesional empresarial, este sujeto eficiente tiene una actitud vital, una manera de ver la realidad; es una manera funcional, pragmática, que consiste en hacer lo que se tenga que hacer.

De otra parte, en situaciones en las que la eficacia pudiera llegar a reñir con la ética, no hay problema, el hambre de éxito dirá cuál es el camino a seguir…

El credo del triunfador reza que la persona eficiente y eficaz tendrá en muchos casos que ‘olvidarse’ de las implicaciones morales de sus decisiones, y deberá simplemente dejar que el fin justifique los medios.

Es decir, una persona característicamente eficiente no puede, agrega el credo, detenerse en nimiedades, en detalles intrascendentes. Afirma también que quien vacile en circunstancias en que hay que actuar con eficacia, no está preparado para triunfar.

El individuo puede ser eficiente pero si, por ejemplo, no tiene la capacidad para usar las circunstancia en su favor, entonces no es eficaz.

La eficacia es cuantificable, se suma y se multiplica, el resto es puro bla-bla, puntualiza lapidariamente uno de los principios del manual del éxito.

No es fácil, obviamente, ser eficaz, pues hay muchísimas individuos corriendo tras el mismo objetivo. Todos juegan a ser eficientes, pero serán solo unos pocos los que alcancen el primer lugar.

Entonces, quien esté empeñado en alcanzar la cima debe entender que aunque eficiencia y eficacia están emparentados, hay una sutil diferencia, que en la práctica marca la distancia entre el tibio anhelo y la clara consecución de un objetivo. Son los códigos del éxito.

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Publicado el junio 8, 2013 en EL YO LABORAL, EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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