EL MANEJO DE LA IRA EN EL TRABAJO

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ARTURO CASTILLO

Algunos países industrializados, particularmente Estados Unidos, están prestando una especial atención al problema del estrés en el ambiente laboral, que no sólo deja enormes pérdidas económicas sino fundamentalmente humanas.

Preocupa, concretamente, la creciente ola de violencia en los lugares de trabajo, que en ocasiones termina en homicidios.

Las causas de esta situación, según indican los estudios, son la despersonalización del ambiente laboral, que hace del trabajador un ente anónimo, la insatisfacción por la falta de oportunidades para crecer profesional y humanamente, el peso y desgaste de la rutina, la incomunicación, las presiones para producir más, entre otros aspectos.

Una de las estrategias para enfrentar el comportamiento violento consiste en involucrar a los individuos en programas que les enseñan cómo lidiar con sus tensiones, de modo que no resulten afectadas, directa o indirectamente, otras personas.

El estrés es un malestar que conmociona el universo entero de la persona, que obstruye y degrada todo lo que hace. Es ilusorio pensar que, por ejemplo, el ambiente familiar no resultará afectado, que quien padece de estrés, al llegar a casa se despojará de sus tensiones como si se tratara de un traje, tornándose buena gente.

Esa mágica transformación no existe. En la vida real, el sujeto descargará sus tensiones con los miembros de su familia, ejercerá el poder que le es negado en el espacio laboral. Impondrá su autoridad hasta el absurdo, especialmente sobre sus hijos, mientras que a su cónyuge tratará de cosificar, de la misma manera que a él han convertido en un objeto laboral.

La frustración, convertida en ira, es una energía tóxica, que busca expresarse con explosiones emergentes, con episodios de agresión, verbal y física, que solo tranquilizan a la persona momentáneamente.

Los programas para el manejo de la ira (‘anger management’) ayudan al individuo a explorar las razones de su irascible temperamento, con el propósito de que aprenda a canalizar de manera socialmente adecuada sus reacciones.

En muchos de los casos, esa exploración anímica y psicológica deja al descubierto que los eventos externos, el trabajo en este caso, son apenas un detonante, que la verdadera causa del malestar es una personalidad lábil, que resiente cualquier cambio en su entorno, proclive a angustiarse por nada, a sentirse insegura, a frustrarse fácilmente.

Bajo estas condiciones anímicas y psicológicas, un ambiente laboral exigente, impositivo, despersonalizado, donde cuenta lo operativo, los resultados, a expensas del bienestar humano, es capaz de desatar en el trabajador un estado de desarmonía general.

La matriz de la ira, sin embargo, radica, por lo general, en el pasado, en un entorno de abuso paterno, en la experiencia de un niño agredido, permanentemente descalificado y humillado, emocionalmente abandonado, que hace que el sujeto reaccione irracionalmente frente a regímenes basados en la autoridad, frente a jefes impositivos, que evocan el pasado latente, no superado interiormente.

Hay, pues, naturalezas débiles, con escasa capacidad para adaptarse a ambientes hostiles, competitivos; individuos que sucumben a las presiones, que no tienen la determinación necesaria para negociar con el mundo, para ser afirmativos.

Obviamente, las empresas no alcanzan a visualizar lo que pueden provocar estos trabajadores que llevan por dentro un volcán de cólera. Lo contradictorio es que muchos de estos individuos se presentan con una expresión de docilidad, de discreción, pero están, en realidad, acumulando tensión, que un momento dado sacarán de manera desbocada, dejando perplejos y asustados a quienes los catalogaban de ‘buenas gentes’, de ‘tranquilos y tratables’.

Como estrategia empresarial, el aislamiento no funciona, tampoco las sanciones, la medición de fuerzas y autoridad. Si la organización dispone de un departamento de RR.HH. realmente competente y profesional, quizás pueda ayudar a estos trabajadores.

El atajo conveniente, bastante común, es desvincular a las personas conflictivas, eliminar, como quien dice, las ‘manzanas podridas’, con lo cual queda evidenciado que lo humano difícilmente constituye  una prioridad, aunque histriónicamente las empresas declararen que su principal recurso son sus  trabajadores.

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Publicado el junio 10, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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