TRABAJO VS. FAMILIA, ¿QUIÉN GANA?

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ARTURO CASTILLO

Por absurdo que parezca, muchísimas personas se enfrentan al dilema de tener que elegir entre dar prioridad a su familia o a su trabajo. Es más absurdo todavía, que frente a ese dilema, la elección sea, en innumerables ocasiones, anteponer el trabajo a la familia.

Esa decisión suele dejar, generalmente, una secuela de culpabilidad, que la persona trata de solventar con las habituales ‘compensaciones’ materiales, con la certeza de que la familia se sentirá agradecida, que pasará por alto su ausencia.

Pero, además, para acallar a su conciencia, se reafirmará en su ‘devota’ manera de trabajar. Después de todo, se dirá, no hace otra cosa que sacrificarse por su familia, ‘para que nada le falte’.

Su familia experimentará sentimientos ambivalentes: de una parte, verá al proveedor, al padre sacrificado, digno de admiración. De otra, al sujeto con el que difícilmente se puede contar, dada su ausencia física y emocional.

Sin embargo, este sujeto tiene otro escenario, donde es incuestionablemente exitoso. Él es el empleado ideal, siempre disponible, aunque ello signifique sacrificar el tiempo que les corresponde a los suyos.

Puede que un momento dado, el individuo se sienta usado en uno y otro lado; puede que surja en él un sentimiento de impotencia, la sensación de que nunca logrará dar la medida. Con suerte, quizás llegue a entender que, en términos de trascendencia para su propia existencia, su familia es irreemplazable.

No será sencillo confrontar el asunto con la empresa, acostumbrada a ver en su trabajador un objeto de conveniente utilidad. Podría recordarle que el estatus de su familia se lo debe a la compañía; podría recurrir a golpes bajos, a chantajes emocionales e intimidaciones.

Si el individuo ha alcanzado cierta madurez humana, si ha entendido el valor de la familia, quizás tenga la entereza necesaria para negociar con la empresa. Quién sabe si logre que le alivien la carga de responsabilidades, que se rediseñe el flujo de trabajo.

De otra parte, al parecer, la nueva generación de profesionales está empeñada en lograr el equilibrio necesario entre lo profesional y lo personal. Su ideal ya no consistiría en lo que fue un paradigma para las anteriores generaciones: la estabilidad.

En cambio, el hedonismo, la prosecución de metas para satisfacción propia, el individualismo, la visión ampliada del mundo, las oportunidades de conocer otras culturas, provocan el aplazamiento de la conformación de la familia, la necesidad de estabilidad, en los jóvenes profesionales.

Ellos regatean con las empresas, pero no precisamente por un tiempo para la familia, sino para sí mismos, para el disfrute de la vida, porque no están convencidos de que el sentido del trabajo sea acumular dinero, forjarse un estatus.

Su mente globalizada les hace percibir la realidad de manera totalmente distinta a la de sus padres y abuelos, que no imaginaban la vida fuera del esquema de la familia y la perdurabilidad del trabajo, de la apacible rutina.

*Publicado en Revista Líderes de El Comercio – Ecuador – Sudamérica.

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Publicado el junio 14, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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