EL VECINDARIO LABORAL Y SUS AMBIVALENCIAS

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ARTURO CASTILLO

La coexistencia de miles de personas en espacios laborales es un fenómeno cotidiano que recrea las formas más diversas de interacción. Los edificios de oficinas constituyen un auténtico microcosmos social, un reflejo inequívoco de la idiosincrasia urbana.

Estas ‘torres de Babel’ modernas recogen los lenguajes profesionales más disímiles; médicos, ingenieros, abogados, arquitectos, economistas, etc., cohabitan y se expresan desde sus propios códigos, generan formas de relación, estructuran el tiempo y configuran los espacios.

Ellos son los empleadores de decenas de trabajadores, que pasan buena parte de su vida en los ‘condominios’ laborales, un curioso vecindario, con toda clase de actores y actitudes.

Desde la clásica solicitud de la tacita de azúcar, hasta préstamos de dinero, encargos de contestar el teléfono mientras se atienden asuntos personales fuera de la oficina y, por supuesto, rollos amorosos, son parte de la rutina de quienes han hecho de estos lugares su segundo hogar.

Como en cualquier otro vecindario, ocurren capítulos de hostilidad, desencuentros, chismes, envidias, discriminaciones de clase, celos. Un momento particularmente dramático y tenso en esa cotidianidad es cuando quienes no se simpatizan coinciden en el claustrofóbico espacio de los ascensores, que son, además, testigos de estereotipados diálogos, incómodos silencios, secretas murmuraciones (“está con el mismo terno de ayer”, “tiene cara de haber farreado toda la noche”).

La moda, el ‘look’, son temas vitales, al igual que la comidilla respecto de la vida privada de jefes y jefas, compañeros y compañeras, con la maravillosa y eficaz contribución de los teléfonos celulares.

‘Edificio pequeño, infierno grande’, es una verdad bien conocida por los oficinistas, aunque también ocurren cosas gratas, como la amistad, el ‘acolite’ profesional, los enamoramientos, las juergas compartidas.

Los ‘edificios clase media’, en cambio, constituyen un viraje social, con su propia estética, con su particular idiosincrasia. Desde luego, la ubicación de los edificios de oficinas determina el estatus’ de sus inquilinos.

Es previsible el tipo de clientes que llegarán a solicitar los servicios de los profesionales que se albergan en esos espacios. Efectivamente, la segmentación social, económica y profesional tiene que ver, en alguna medida, con el hecho geográfico, con la ubicación espacial.

Obviamente, también hay edificios desoladores, sin mayores signos humanos, donde cada quien vive y deja morir. La asepsia profesional puede sentirse en el ambiente, la comunicación está perfectamente regulada por los buenos modales y la discreción, los ascensores huelen a perfume francés.

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Publicado el junio 15, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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