LIDERAZGO Y EL ARTE DE OBEDECER

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ARTURO CASTILLO

Tanto en el ámbito educativo como en el empresarial, y en la sociedad en general, se habla siempre del liderazgo como una virtud suprema. Y aunque se asegura que todos estamos dotados para ser líderes, en la práctica solo unos pocos individuos parecen destinados a dirigir a otros seres humanos, destinados a trastrocar la historia.

Efectivamente, desde la simple lógica del ordenamiento del mundo resulta difícil creer que cada mujer y cada hombre que llegan a este planeta traen en su equipaje biológico la bienaventuranza del liderazgo.

No obstante, imaginemos por un instante una sociedad donde todos estuviesen destinados a dirigir y liderar. ¿En qué consistiría su dirección, su liderazgo, en un lugar habitado estrictamente por líderes?

Digámoslo de una buena vez: el liderazgo solo es posible gracias a que existen individuos dispuestos a dejarse conducir, dispuestos a obedecer.

Si mandar es un arte, obedecer también lo es. Efectivamente, cuando la obediencia es genuina, cuando está adecuadamente integrada al carácter y no transige con un liderazgo mal ejercido, constituye una virtud, una conquista de la personalidad madura, libre de complejos.

La obediencia, sin embargo, no debe ser confundida con debilidad de carácter, con falta de confianza en los propios poderes. No se trata de una pérdida de la capacidad para discriminar, para reconocer los límites éticos, para saber hasta dónde seguir al líder.

De otra parte, quien obedece tiene también su propia visión, su propio ideal, que, en felices circunstancias, coinciden precisamente con los del líder. Sin embargo, él no tiene la decisión, el carácter, la energía, como para conquistar por sí mismo lo que anhela. Ve entonces en el líder el medio ideal. Aunque no obtendrá en plenitud lo que soñaba, se conformará con los reflejos de las conquistas del sujeto de su admiración.

Los poderes que radican en su interior han sido escindidos de su personalidad, han sido proyectados sobre el líder, a quien se tiene un temor reverente, un respeto cargado de angustia, la angustia de la desaprobación.

Naturalmente, hay un lado sano y positivo, aun inspirador, en la relación entre líderes y seguidores. La empatía entre quien lidera y quien se deja liderar permite la concreción de importantes empresas, de bellos ideales. No obstante, el riesgo de la manipulación y del sometimiento está siempre presente.

Obedecer no implica anular el yo, perder la libertad, en tanto que el verdadero liderazgo no persigue ambiciones personales, no alimenta fantasías megalómanas.

Quien sabe obedecer no tiene amo; quien sabe liderar no tiene vasallos. Se trata más bien de una relación basada en el servicio mutuo que, idealmente, debiera trascender el egoísmo, tan caro a los seres humanos.

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Publicado el junio 18, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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