TRABAJO Y EXISTENCIA, UNA SOLA EXPRESIÓN

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ARTURO CASTILLO

Los hechos demuestran que la línea que parece dividir el trabajo de la vida personal es un artificio cultural. En la práctica, los seres humanos, más allá de que su existencia se desenvuelve en diferentes escenarios, no pueden dividirse a sí mismos, compartimentalizar la unidad de su estructura vital.

El trabajo y la vida personal son dimensiones de dependencia mutua, que interactúan en lo temporal y en lo espacial, sin dejar vacíos, limbos existenciales. Los quehaceres son más que simples formas de ocupar el tiempo, medios prácticos de ganarse la vida. Son, en cambio, manifestaciones del carácter, de la personalidad, de la totalidad del ser.

El ser humano está destinado al trabajo; nace para trabajar, se prepara para trabajar; radicalmente hablando, está condenado a trabajar. Su vida está modulada por lo que hace; más aún, él mismo se autodefine por lo que hace, al punto de que se anuncia públicamente como el arquitecto, la médica, el ingeniero, la economista…

La confusión, o mejor la escisión, radica en la convicción de que trabajo es tal solo cuando se recibe una remuneración a cambio del esfuerzo físico e intelectual. Esa es la dimensión social del trabajo, pero hay un ámbito personal, la necesidad intrínseca de ejercitar el talento, la inteligencia, la curiosidad, el poder para indagar en el misterio de las cosas, de la naturaleza.

Los condicionamientos, sin embargo, las reglas del juego ocupacional, la determinación ‘oficial’ de hasta cuándo se es útil, la imposición de dejar de ‘funcionar’, hacen ineludible el sentimiento de que la vida ha empezado a declinar, que la obsolescencia ha vencido.

Es la claudicación, el final, el cierre de todo lo que se soñó, de todo lo que quiso alcanzar. Ya no será el trabajo una razón para existir, la causa de preocupaciones y desvelos. La ‘caducidad’, socialmente impuesta, margina al ser humano, lo relega al olvido, hace de él un jubilado, obligado a vivir en amnesia permanente, pues sus conocimientos, experiencias y destrezas no podrán ser más aprovechados.

La existencia entera, en suma, se construye a partir del trabajo; se sustenta materialmente con la utilización de las destrezas físicas y mentales, se nutre espiritualmente, porque a través del trabajo se alimentan sueños, esperanzas, se conquistan metas. Se da una vida digna a la familia, se dejan legados vocacionales; se practica la ética más elevada de que es capaz el ser humano: el servicio a los demás.

Lamentablemente, la generalidad de los individuos carece de perspectiva, no experimenta otro sentido del trabajo que no sea la supervivencia, el aspecto estrictamente material; les es ajena la idea de la trascendencia, del trabajo como un medio de realización personal.

Inclusive algunos trabajadores aparentemente bien capacitados, con niveles educativos superiores, con una visión ambiciosa de la vida, deseosos de triunfar, carecen de un sentido profundo respecto de lo que hacen.

La fachada no siempre corresponde a la realidad; el éxito es a veces solo la apariencia engañosa de la insatisfacción. La plenitud del trabajo es un privilegio de pocos; la generalidad de los individuos debe conformarse, eventualmente, con el éxito económico.

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Publicado el junio 22, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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