PAUSAS LABORALES, EN PROMESAS*

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ARTURO CASTILLO

Los hechos demuestran, de manera concluyente, que la generalidad de las empresas ecuatorianas regatean cuando se trata de invertir tiempo y recursos económicos para el bienestar de sus trabajadores.

Se trata de una vieja y desfasada escuela empresarial, que concibe a los empleados como máquinas productivas, carentes de un rostro humano. Para que ese modelo funcione es necesario establecer un límite infranqueable entre lo laboral y lo personal.

Esta forma de ver las cosas hace que aun las ‘buenas obras’ tengan un carácter empobrecido, mediocre. Por ejemplo, las llamadas ‘ pausas activas’ tienen, por lo regular, como propósito elevar la productividad de los trabajadores; en otras palabras, están pensadas para beneficiar a la empresa.

La superficialidad con que se toman estas prácticas se evidencia en el tiempo que se les dedica, con la infundada expectativa de que los individuos ‘eliminarán’ el estrés laboral, que se concentrarán mejor en sus tareas, que contribuirán activamente al mejoramiento del ambiente de trabajo.

Es ilusorio pensar que diez o quince minutos semanales harán tales milagros; que con una ‘razonable’ inversión de tiempo, los resultados serán espectaculares.

En cuanto al concepto mismo, las pausas no deberían ser ‘activas’, pues se trata más bien de parar, de detenerse para recuperar la perspectiva, la frescura, el interés por lo que se hace, el entusiasmo; deben servir para romper con lo habitual, con lo rutinario.

Ello no se logra mediante ejercicios superficiales, que no llegan a penetrar en el ánimo, en la psiquis, a incidir en la conducta.

Obviamente, una práctica sustentada en técnicas milenarias, como el yoga, exige disciplina y una inversión mayor de tiempo y recursos. Las empresas no están dispuestas a comprometer el ritmo laboral cotidiano, para hacer pausas. No está en su filosofía, en sus valores, la promoción del bienestar integral de sus colaboradores.

La visión y la misión son siempre relativas a aspectos prácticos, funcionales, para los clientes externos, mientras que casa adentro no se promueven el equilibrio, la armonía, la salud, el desarrollo humano.

El ideal de la productividad es un dogma al que se supedita absolutamente todo. Las empresas no se dan cuenta de que la única manera de elevar el rendimiento es parando, haciendo silencios físicos y mentales estratégicos.

* Publicado en Revista Líderes de El Comercio – Ecuador – Sudamérica.

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Publicado el julio 2, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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