EL PODER DEL LIDERAZGO Y SU LADO OSCURO

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ARTURO CASTILLO

La imagen que emerge a nuestra mente cuando se habla de un mundo altamente competitivo, es la de un grupo de individuos tratando frenéticamente de llegar a la cima, a codazo limpio, si es preciso pisando la cabeza y el lomo del adversario.

La civilizada escena de un grupo de personas cooperando para tratar de coronar un objetivo, es parte de un pasado ingenuo, puesto que en el mundo de hoy se ha impuesto el paradigma del individualismo, elevado ya a la categoría de credo.

Gracias a ello, bien puede un individualista consumado pasar por un abnegado líder, por el prototipo humano del desprendimiento, del renunciamiento a los apetitos del yo.

Sin embargo, la atenta observación a los seudo líderes deja al descubierto sus verdaderas intenciones. Se trata de individuos que buscan perennizarse en posiciones directivas, que sufren de neofobia, que defienden el statu quo.

Además, su exacerbado deseo de lucimiento personal les hace proclives al adulo, intolerantes a la crítica.

En realidad, el liderazgo tiene doble faz: puede utilizárselo para servir a propósitos nobles, altruistas, o para satisfacer fantasías megalómanas.

El líder caminará siempre al filo de la navaja, será tentado por el ‘lado oscuro de la fuerza’, una fuerza que radica en sí mismo y que no sabe cómo encauzar.
Quienes le rodean sienten esa energía, ese poder, y muchas veces son objeto de una especie de embeleso, que les hace perder la objetividad, al punto de dejar pasar por alto las incongruencias del magnético personaje.

Cuando se ha caído en la idolatría al líder, ya no será él quien tenga que justificar sus desatinos, pues serán sus seguidores los encargados de cubrirle las espaldas, de racionalizar y justificar su conducta.

Envuelto en un halo de infalibilidad, el individuo tendrá carta blanca para manipular las circunstancias en beneficio propio, para llegar todo lo lejos y todo lo alto que había ansiado.

Esto que puede sonar a una fabulación perversa acerca del poder que confiere el liderazgo, es, en realidad, una situación arquetípica, que los griegos llamaron ‘hybris’, la personificación de la desmesura, que se expresa en la secuencia hartazgo, insolencia y castigo.

La conducta mesiánica, caracterizada por la idea del restablecimiento de todo cuanto toca con la ‘gracia’ de su poder, la reinvención de todo lo existente, el convencimiento de que nadie sino él tiene la fórmula para recomponer el mundo, que posee la repuesta correcta para cada pregunta, son algunos de los signos de una mente que ya no alcanza a distinguir más la realidad de la fantasía.

El síndrome del mesías está perfectamente identificado por la psiquiatría. Uno de los síntomas básicos de esta dolencia es el narcisismo, que no impide al sujeto funcionar socialmente. Su personalidad, frecuentemente encantadora, capaz de agradar y hacer sentir importante a cada sujeto con quien interactúa, le permite manipular para obtener lo que se propone.

Lo que es capaz de obtener de la gente, principalmente su libertad, ocurre dentro de un marco aparentemente legítimo, sin coacción, sin la necesidad de arrancar promesa alguna. La fidelidad incondicional, la pérdida de propio juicio, de la reflexión racional, adulta, se dan como actos generosos, virtuosos, siempre en nombre de una causa suprema, de un elevado ideal.

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Publicado el julio 6, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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