EL JEFE Y SUS TRABAJADORES CONSENTIDOS

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ARTURO CASTILLO

Aunque muchos jefes se ufanan de ser justos e imparciales, profesionalmente objetivos, cuando tienen que evaluar el trabajo de sus subalternos, los hechos suelen contradecirlos. Efectivamente, los balances de rendimiento, en algunos casos, no están exentos de la influencia de los afectos y desafectos, la simpatía y la antipatía, al punto de que los evaluados no creen en su validez.

A menos que el proceso de evaluación sea confiado a un computador, cosa poco probable, la presencia del elemento subjetivo es inevitable. El favoritismo, consciente o inconsciente, así como la aversión, están ineludiblemente presentes, por más que se pretenda llevar las tareas de calificación del personal sin involucrar las emociones.

No es de extrañar, entonces, que los trabajadores recelen y sientan que su estabilidad pende de un hilo cuando se enteran de las intenciones del jefe.

La evaluación aséptica, fría, de la calidad del trabajo del personal es propia de empresas grandes, donde lo estadístico cuenta sobre otras consideraciones; en cambio, en los ambientes pequeños, caracterizados por una comunicación más estrecha, con vínculos humanos, las evaluaciones causan un gran revuelo.

Y es en estas pequeñas empresas donde se hace mucho más patético cualquier favoritismo del jefe por alguno de los empleados.

Aparte de las constataciones cotidianas de las preferencias, los dolidos empleados tienen que asumir el hecho de manera más dramática cuando se hacen las evaluaciones, que no responden al principio de equidad.

Emerge entonces la figura del mimado, que no es, generalmente, el trabajador más capaz. Su buena estrella radica, sin más especulaciones, en que le cae bien al jefe. Sabe cómo tenerle de su lado por más que incurra en continuas faltas, cosa que mortifica al personal.

Como nadie más en la oficina, conoce el carácter del jefe, sabe qué le gusta y qué le disgusta, está disponible para él sin reservas, más allá del estrecho horario de 8 a 5.

El ‘buen trabajador’ es un hábil manipulador, que se escabulle de las responsabilidades, que se las arregla para que los demás asuman sus tareas. Es imaginativo para fabricar mentiras y pretextos, que pese ser reiterativos, curiosamente, no dejar de ser creíbles para el incauto jefe.

Sus fabulaciones son inverosímiles, dignas de un cuento infantil, lo curioso es que funcionan de maravilla, una y otra vez. El jefe pareciera estar atrapado en aquello de ‘miénteme más’. Y cuando las mentiras se hacen demasiado evidentes, él se encarga de justificarlas, de defenderlas.

En todo caso, el consentido y el consentidor están presentes en todas las empresas. Ellos son la demostración de que las emociones pueden más que la razón, para descrédito de las evaluaciones ‘justas’.

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Publicado el julio 10, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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