BIENESTAR: ¿RESPONSABILIDAD DE LAS EMPRESAS?

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ARRTURO CASTILLO

Dicho con objetividad, ninguna empresa quiere hacerse cargo de las patologías de sus trabajadores. En el mejor de los casos, las compañías obedecen a políticas generales de seguridad industrial, de salud laboral, como dispone la ley.

Fuera de ello, se entiende que cada sujeto tiene que llevar su propia carga, a su manera, con los recursos anímicos de que disponga. Aun en medio de su precario estado psicológico, debe ser capaz de producir, de devengar el salario, de funcionar, porque la empresa espera de él ‘lo mejor’.

La medicina del trabajo, orienta su esfuerzo a la adaptación del sujeto en su ambiente laboral, buscando que las condiciones para el desempeño de sus tareas sean las más adecuadas.

Los riesgos psicosociales del trabajo, de otra parte, tienen que ver con la interacción sujeto-entorno. Aunque pueden señalarse circunstancias ambientales capaces de alterar el equilibrio psicofísico de los sujetos, también quedan evidenciados aspectos de su estructura anímica y psicológica, de sus condiciones físicas, que les hacen proclives a la enfermedad.

Pero lo que interesa saber es cómo las empresas afrontan las enfermedades de los trabajadores, de qué manera previenen la manifestación de disfunciones como el estrés, la depresión, el cansancio crónico, las alteraciones anímicas. Por lo general, enfatizan en actividades de tipo recreativo. La participación es colectiva, el aspecto organizativo es relativamente sencillo, los gastos, manejables, y la gente se organiza ‘solita’.

Puede que a RR.HH. se le ocurra alguna otra cosa menos trillada, como el ‘clown’, una que otra ‘pausa activa’, algún paseo, los consabidos talleres donde la gente puede desahogarse. Pero más allá de eso, no tienen ni el tiempo ni la paciencia, menos el conocimiento, como para lidiar con gente ‘difícil’.

Es infinitamente más sencillo catalogar a alguien de ‘enfermo’ cuando las dolencias son físicas, pero cuando el sujeto da cuentas de que se siente raro anímicamente, que las cosas han perdido para él sentido, que se siente deprimido, la reacción es asegurar que todo lo que le ocurre solo está en su cabeza, que ya se le pasará.

Obviamente, la medicina del trabajo no se atreve a incursionar en esos ámbitos por ser ‘cuestiones emocionales’. En la práctica, la vida y el trabajo se conciben como mutuamente excluyentes; debido a ello, las empresas se sienten parcialmente responsables de lo que ocurre con sus colaboradores. Ven en ellos sujetos productivos, cuya vida personal no es de su incumbencia.

Solo una concepción humanista del trabajo puede salvar esa dualidad, de modo que los sujetos no sientan que su vida se desenvuelve en dos momentos distintos, antagónicos, en escenarios disímiles, que les fraccionan.

Esta disociación es característica de nuestros tiempos. Efectivamente, es común que los individuos actúen desde la persona, desde la máscara, desde los condicionamientos sociales, aislándose de sí mismos, de su mundo interior.

Las empresas, obviamente, no son responsables del crecimiento humano de sus trabajadores; esa es una tarea indelegable; cada individuo debe hallar el sentido trascendente de su existencia.

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Publicado el julio 30, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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