EJERCICIO FÍSICO, PARA LOS MÚSCULOS Y EL CARÁCTER

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ARTURO CASTILLO

El sedentarismo es un mal contemporáneo, agravado por la excesiva comodidad, que lleva a que las personas prácticamente a reducir la utilización de su cuerpo a movimientos rutinarios, mecánicos, carentes de expresividad y de exigencia.

El cuerpo se vuelve un instrumento, una herramienta, perdiendo su sentido esencial al quedar atrapado en las consignas culturales, en los estereotipos de la  belleza de magacín, de comercial televisivo.

El camino natural de retorno al cuerpo es el ejercicio físico, especialmente si está orientado a la integración de la persona total. Sin embargo, es bastante común el argumento de la falta de tiempo para no cultivar alguna disciplina corporal.

Se trata, obviamente, de una mentira piadosa, pues quienquiera que se lo proponga de verdad, hallará tiempo libre para reencontrarse con su cuerpo.

Paradójicamente, son incontables los individuos convencidos de que ‘aman’ el deporte, por el hecho de que son parte de las multitudes que abarrotan los escenarios deportivos, o porque simplemente miran jugar a sus equipos favoritos a través de la televisión.

Su verdadero problema no radica en la carencia de un tiempo de ocio, sino en una voluntad debilitada, que inventa toda clase de excusas. El gran pretexto se llama neurosis del tiempo, un mal de nuestros tiempos.

Efectivamente, es bastante común que los individuos se quejen de la falta de tiempo, como si sus días no tuvieran 24 horas, como los de todo el mundo. Irónicamente, el tiempo que les falta es siempre el tiempo que se niegan a sí mismos, el tiempo que debieran dedicar para su propio bienestar integral.

El dilema, consecuentemente, no es a qué hora, con qué frecuencia ejercitarse, sino cómo fortalecer la voluntad, cómo tomarse en serio a sí mismo, cómo atender la propia naturaleza corporal. Más aún, cómo estructurar la existencia, de modo que la empresa más importante sea uno mismo.

Puede sonar contradictorio, pues parecería que las personas siempre piensan en sí mismas, aun a expensas de los demás. Pese a ello, cuando se trata de su yo físico, tienden a soslayar la importancia de atenderlo, no solo en sus necesidades básicas, sino también en aspectos más profundos y trascendentes.

De otra parte, no hay manera de integrar a la cotidianidad el ejercicio físico, como parte del estilo de vida, sin autodisciplina, algo difícil de cultivar hoy en día, pues los individuos prefieren una autoridad que les imponga qué hacer y qué no hacer.

La disciplina que emana de un ente externo es solo una fachada de buena conducta, que nada tiene que ver con la capacidad para vencer la pereza, para realizar con talante alegre aquello que justamente resulta penoso.

La gratificación del ejercicio diario solo entiende quien ha desarrollado ese maravilloso hábito, quien lo ha integrado a su rutina como algo central; que ha comprobado que la energía de la disciplina repercute en cada aspecto de la existencia. En cambio, quienes hacen deporte con el propósito exclusivo de ‘derrotar’ a los demás, como una manera de afirmar su sentimiento de superioridad, solo obtendrán como recompensa el primer turno para tratarse del estrés.

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Publicado el julio 30, 2013 en EL YO DIVERSO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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