EFICIENCIA, UN PARADIGMA PUESTO EN DUDA

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ARTURO CASTILLO

La eficiencia tiene un carácter darwiniano; significa cambiar para no perecer, es elegir entre ser o no ser. La única fórmula que los empresarios conocen para llegar a la eficiencia es rindiéndole culto a la celosa ‘Trinidad’, expresada en el axioma ‘más rápido, mejor y a menor costo’.

No obstante, en la práctica, nadie sabe, por ejemplo, a dónde va a parar el tiempo ahorrado, producto del hacer las cosas más rápidamente, puesto que una de las quejas más comunes del trabajador de nuestros días es la falta de tiempo.

La mítica idea acerca del ocio, originada con el advenimiento de las máquinas, es una deuda que el mundo contemporáneo tiene consigo mismo. Se preguntaba la gente qué haría con el tiempo libre que habrían de concederle las infalibles máquinas. Nunca, desde entonces, ha podido razonar con ellas y explicarles de su cansancio y tedio, de su urgencia de tener una vida más gratificante.

Consignas irrealizables, como la ‘calidad total’, aunque basadas en la legítima aspiración de hacer mejor las cosas, son formas de presión que restan el gozo que debería procurar todo acto creativo.

El abaratamiento de la producción, que permite el consumo masivo y despersonalizado de toda clase de objetos y productos, que busca provocar el sentimiento de que ‘todos somos iguales’, en el fondo no es sino una forma de anulación de la capacidad para elegir a partir de necesidades auténticas, desde el propio sentido estético, etc.

La uniformidad y la anulación de cualquier signo de singularidad son los ideales de la sociedad de consumo; la implantación de la ilusión de que la persona puede acceder a cualquier cosa que se le antoje.

La eficiencia no es en sí misma una panacea, y no es raro que muchas veces esté al servicio de propósitos perversos, que degradan la condición humana.
Solo la ética puede asegurar que la eficiencia tendrá una aplicación noble, que el ideal de lo óptimo, de la calidad, estarán por sobre el afán de enriquecimiento.

Es preciso no entramparse en la utilización de los términos, hacer de ellos verdades irrefutables, paradigmas, consignas sociales. La eficiencia es un proceso; no basta con evocar una palabra vacía.

La eficiencia, de otra parte, nada tiene que ver con la neurosis del perfeccionismo, que desecha lo bueno en nombre de lo excelente. Ciertamente, la perfectibilidad es parte de la psicología humana, el afán de mejorar inclusive lo que la naturaleza ha hecho ‘solo bien’, pero no perfecto…

Efectivamente, para muchas personas, el aspecto que les dio la naturaleza les resulta detestable, aborrecible, de manera que quieren ‘corregir’ esa imperfección a punta de bisturí.

Los ejemplos acerca de la obsesión perfeccionista, de la búsqueda compulsiva de la eficiencia, son innumerables, sobre todo en el ámbito de la tecnología. Jamás está en manos del consumidor el producto final, el perfecto. Siempre estará insatisfecho y ‘out of date’, eternamente desfasado.

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Publicado el agosto 2, 2013 en EL YO DIVERSO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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