INTELIGENCIA EMOCIONAL, ¿VERDADERAMENTE FUNCIONA?

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ARTURO CASTILLO

Cabe preguntarse si no sería conveniente plantearse alcanzar primeramente salud emocional antes de pretender tener inteligencia emocional, a la manera de las diferentes corrientes que se agrupan bajo esa denominación, todas inspiradas en los postulados de Daniel Goleman.

Conviene, además, establecer una clara diferencia entre pensar y sentir, puesto que hay personas sumamente inteligentes, tremendamente racionales, que al momento de contactar con sus emociones y de expresarlas, hallan una gran dificultad; son inclusive torpes para poner en un lenguaje claro, incluido lo gestual, lo que están sintiendo; suelen confundir conceptos con emociones.

Cuando se entienden algunas sutilezas del mundo emocional, queda claro que la ‘venta’ de lo que se conoce como Inteligencia Emocional parece demasiado apresurado, un cómodo atajo para quienes quieren ‘liberar’ sus emociones.

Concretamente, se habla de la mencionada técnica como una herramienta eficaz para ejecutivos y empresarios, para gente que se ve expuesta a la vorágine cotidiana de las emociones, que muchas veces traicionan, al punto de poner en riesgo no solo las relaciones interpersonales, la calidad de la comunicación dentro de una empresa, sino el el equilibrio emocional de los individuos.

De otra parte, aunque existe una nutrida literatura sobre el tema de la inteligencia emocional, no está por demás buscar elementos nuevos en otras fuentes. Por ejemplo, ‘El grito primal’ de Arthur Janov, o en general la psicología de la Gestalt, o quizás en entrenamiento asertivo, con especialistas como Herbert Fensterheim, profesor de psicología y psiquiatría de la Universidad de Cornell, Estados Unidos.

Sirven también el Análisis Transaccional, las diferentes escuelas que trabajan con el cuerpo, como la bioenergética, que aconseja liberarse de la ‘coraza muscular’, a fin de ‘sanar’ las emociones y permitir el libre flujo de la energía.

En suma, en un primer momento, es probable que el sujeto deba someterse a un proceso de reconocimiento de su vida emocional; quizás deba ‘actualizar’ sus emociones, de modo que pueda existir plenamente en el presente.

Un signo de inteligencia emocional es, precisamente, abrirse a un análisis profundo y honesto de las propias emociones, condición sine qua non para poder expresarlas y proyectarlas a los demás. En cierto sentido, las emociones solo nos pertenecen transitoriamente, en tanto se ‘fabrican’ neurológicamente, pues están dirigidas al entorno, a los demás; están destinadas a dejar de ser nuestras: son ‘productos’ para ‘consumo’ social.

En el ámbito laboral, las emociones bullen incontrolablemente, sin que el buen juicio y la razón puedan hacer algo para controlarlas. No importa cuán inteligentes, intelectualmente hablando, sean los sujetos, las emociones acabarán por imponerse.

Los ejecutivos, sin distinción de rangos, son primariamente seres humanos, cuya habilidad para ser emocionalmente inteligentes está, en alguna medida, sujeta a su historia personal. Los parches para ocultar el pasado emocional solo producen personas estereotipadas, carentes de vitalidad. Negar las propias emociones es, definitivamente, poco inteligente…

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Publicado el agosto 4, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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