EL ARTE DE APRENDER DE LOS FRACASOS

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ARTURO CASTILLO

Aunque se dice que un fracaso bien capitalizado equivale a una victoria, no todos los individuos tienen la oportunidad de vivir esa especie de fracaso redentor. La razón es sencilla: nuestra sociedad es fóbica a las equivocaciones y solo admite en sus filas a los triunfadores.

En el ámbito del trabajo, los dueños de las empresas dicen que sus negocios no son escuelas de simulación para que los aprendices cojan experiencia. Más aún, ante cualquier indicio de que un candidato a una importante plaza sufrió alguna vez un traspié, su currículum vítae terminará en el tacho de basura.

Este pánico a la equivocación se manifiesta de manera concreta y cotidiana entre quienes ocupan cargos de responsabilidad empresarial. Ellos difícilmente se arriesgan a tomar decisiones, en cambio, se sienten más confortables y seguros si son sus jefes los que marcan la ruta a seguir, los que toman las grandes resoluciones.

“Tengo que consultar con mis superiores” es una frase bastante común, que encubre una actitud temerosa, producto de la desautorización expresa de los jefes para que el ejecutivo no se meta en lo que no sabe o no le concierne.

De esa manera, ¿quién podría equivocarse, perderse en un camino que ya está señalizado? La consecuencia lógica de esta situación es que los trabajadores se vuelven medrosos, simples receptores de órdenes, autómatas, sujetos que temen usar su propio juicio, que no desarrollan el sentido común.

En este contexto, la posibilidad de aprender de los errores, de extraer lecciones de los desaciertos, resulta prácticamente imposible. La penalización por las equivocaciones puede ser el despido, y con ello la estigmatización.

El tema de fondo no es, sin embargo, evitar el fracaso, sino perder el miedo a afrontar situaciones de riesgo potencial. Cuando las decisiones están contaminadas por el fantasma del error, lo más seguro es que las cosas terminen con resultados adversos.

No hay manera más eficaz de sobreponerse a la inseguridad que aceptándola, que averiguando el trasfondo de nuestros temores. Muy probablemente descubriremos que se trata de la inseguridad que nuestros padres y maestros, los adultos en general, implantaron en nuestra mente. Que pusieron en duda nuestra inteligencia, nuestras iniciativas, nuestra espontaneidad, que nos ridiculizaron cada vez que cometimos algún ‘error’.

Ya con el fantasma de la inseguridad, con el temor profundo a no ser aceptados, el resto solo vino por añadidura: un pobre concepto de nosotros mismos, duda permanente acerca de nuestra apariencia, miedo al ridículo, inseguridad emocional (¿”en verdad me aman”?), necesidad neurótica de ser aceptados, que nos lleva a hacer hasta lo imposible, con la esperanza de que nos acojan.

Si consideramos que lo laboral no está desligado de la totalidad de nuestro ser, de nuestra historia vital, no resulta raro que esos sentimientos de fragilidad interior contaminen nuestra vida profesional.

En todo caso, las empresas consideran inadmisibles los errores; no hay, inclusive, lugar para las equivocaciones de buena fe. Aun así, más allá del ideal de la perfección y la infalibilidad, los errores simplemente ocurren; se cuelan por los resquicios del intelecto, llegan en los portafolios de los altos ejecutivos, de los profesionales de cuarto nivel, de los sabelotodo.

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Publicado el agosto 9, 2013 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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