EL TRABAJO Y EL CONCEPTO DE SÍ MISMO

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ARTURO CASTILLO

El trabajo y el concepto de sí mismo están íntimamente conectados, lo que podría sentenciarse con la frase “Dime cómo trabajas y te diré quién eres”.

Obviamente, partimos del supuesto de que los individuos elegimos libremente nuestra ocupación, aunque en la generalidad de los casos, las personas deban asumir tareas que experimentan como una imposición del destino.

Recuerdo siempre con asombro, cuando se me encomendó la misión de entrevistar a un panteonero para que contase a los lectores las ‘escalofriantes’ experiencias de su singular trabajo.

El administrador del cementerio me sugirió que hablase con el sepulturero ‘más educado’. Sin embargo, luego de nuestra conversación terminé con una sensación de aridez, ya que mi interlocutor no había hecho otra cosa que maldecir las circunstancias que le habían llevado a ese ‘horrible’ trabajo. Creía que la vida era injusta con él, pues su nivel educativo y su inteligencia estaban para ‘muchísimo más’.

A punto de abandonar el cementerio sin ningún material válido para escribir mi artículo, descubrí a un hombre cuyo aspecto gentil me invitó a acercármele. Con una sonrisa de niño travieso, aceptó conversar. ”Prontito, porque un muerto está por llegar. Él no es el apurado, sino los que le traen”, dijo en tono gracioso mientras secaba sus pequeñas y callosas manos en el overol.

Como tomando un atajo, mi primera pregunta fue si le gustaba lo que hacía. Sus palabras fueron de gratitud hacia su trabajo, de orgullo por su oficio. “Con esto mantengo a los vivos que tengo en mi casa”, remarcó con una explosiva carcajada.

Durante largos años había cavado profundas fosas para hombres y mujeres, que al llegar allí, al término de su mortal existencia, “eran igualitos a todos”, sin importar quiénes hubieran sido, o pretendido ser, en vida.

Había aprendido acerca de la hipocresía como nadie, podía distinguir claramente entre el llanto profundo y genuino, y el fingimiento. “Solo creo en el lloro de los guaguas”, confesó. Habló con soltura acerca de la vanidad: “Hasta aquí se ve la vanidad, la apariencia, pero los muertos no se diferencian”.

En fin, su alegría y su diligencia para hacer lo suyo me sorprendieron. Él había hallado en su trabajo su realización personal, mientras que su compañero estaba sumido en la amargura.

En ese escenario aparentemente inhóspito, donde la vida no late más, pude comprender la radical diferencia entre una actitud resentida y quejumbrosa frente a las circunstancias, y el disfrute y entrega sin reservas a lo que se hace, más allá de todo juicio de valor.

Es verdad, quien siente que lo que está haciendo no es lo suyo, porque, a su juicio, carece de importancia o de valor, o porque cree estar encima del trabajo que le ha sido asignado, está destinado a la frustración y a la amargura.

Obviamente, la sana aspiración al mejoramiento personal es otra cosa. Puede ser que e sujeto haga de su trabajo actual un tránsito hacia algo mejor; sin embargo, ese tránsito debiera ser satisfactorio, sin maldecir.

Dicho de otra manera, si la persona asume lo que tenga que hacer con responsabilidad, aun con alegría, a sabiendas de que no hay trabajo inútil o indigno, estará lista para el gran salto.

En fin, la inconformidad bien trabajada, utilizada como un trampolín, lleva a la superación personal, al deseo ardiente de conseguir metas cada vez más altas.

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Publicado el agosto 16, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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