EL TRABAJO Y SUS PECULIARES PERSONAJES

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ARTURO CASTILLO

Uno de los mayores conflictos que las personas experimentamos es la confusión existente entre lo que somos y lo que el entorno espera que seamos. El conflicto entre la conquista de los ideales propios, y lo que el mundo quiere imponernos como metas supremas.

En el ámbito laboral, por ejemplo, las expectativas abundan. La predeterminación de las tareas, los rótulos que se exhiben en las puertas, los membretes estratégicamente colocados sobre los escritorios, las tarjetas personales, advierten que el individuo es el gerente, el financista, el jefe de personal, la recepcionista, la secretaria, etc.

Se espera, además, que la conducta de esas personas tenga coherencia con el estereotipo que se ha construido alrededor de esas responsabilidades, que los expertos llaman ‘competencias’. Habría que preguntarse si la persona le hace al oficio, o si el oficio le hace a la persona. La pregunta es válida porque los sujetos toman el aire del gerente, del jefe de RRHH, del director financiero, etc.

Se trata de un entretenido, o cruel, dependiendo de las circunstancias, juego de adultos, una teatralización suficientemente convincente como para provocar estrés, insomnio, úlcera, pánico, migrañas y hasta suicidios.

Las peculiaridades de todos esos papeles –talvez calce mejor la palabra ‘roles’- son perceptibles para cualquiera. Por ejemplo, el jefe financiero es un sujeto destinado a sufrir con la gerencia las penurias económicas, o a ocultar la bonanza. Sus máximas virtudes son el silencio, la fidelidad, la docilidad. Él es ciento por ciento empresarial.

Su sentido del ahorro puede rayar en la tacañería. Cuida de la plata más que los propios dueños de la empresa, y eso le hace confiable…

Del jefe de personal se espera mano dura, inflexibilidad, ‘corazón de piedra’, capacidad para decir ‘no’. El no debe tener a flor de labios, pero debe brotarle desde dentro.

La secretaria-asistente debe estar dispuesta a mentir en nombre de la causa, debe aprender a cubrirle las espaldas a su jefe en los momentos más críticos. Ella debe ser una inmensa antesala entre el gerente y cualquier mortal que pretenda ser recibido en audiencia.

No deben faltarle razones poderosas por las que el el jefe no está disponible. Debe preservar a toda costa la paz del importante individuo.

Su discreción debe ser inmensa: cuando el jefe disponga, aplicará aquello de no escuchar, no ver y no hablar. Con ella morirán los secretos; será una tumba.

El gerente es el más ilustre y controvertido de los personajes. La impresión que de él tienen en la compañía es que se las pasa de alivio, que exige a todo el mundo menos a sí mismo.

En otros casos, el gerente es un ‘trabajólico’, un sujeto que pareciera no tener otro interés en la vida que el trabajo. Quiere, consecuentemente, que su gente sea ‘dedicada’, que viva para trabajar.

Detesta que sus empleados timbren su salida a tiempo; para él, es un signo de falta de compromiso. ¿Por qué ya nadie parece ‘amar’ lo que hace? ¿Por qué esa falta de entrega, de pasión?

Una especie de acuerdo implícito permite que estos personajes contradictorios cohabiten, se toleren y decidan representar una obra que puede resultar mortalmente aburrida o quizás entretener gratamente durante algún tiempo. Shakespeare ya lo dijo, la vida misma es una gran obra teatral…

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Publicado el agosto 29, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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