REESTRUCTURACIÓN, ANUNCIO QUE ASUSTA

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ARTURO CASTILLO

En el ámbito empresarial, la palabra reestructuración produce susto y sobresalto; significa amenaza para la estabilidad y el estatus dentro de la organización. Quiere decir que algo no anda bien y que unos cuantos pagarán los platos rotos.

Muchos alegarán que todo está bien, que no hay razón para agitar las aguas. Considerarán que la anunciada reestructuración confirma la inconformidad crónica de los jefes, ‘que solo son buenos para exigir’.

Estos prejuicios son bastante frecuentes, simple y llanamente porque la generalidad de las empresas acostumbran a sus trabajadores a la ‘estabilidad’, que muchas veces no es sino una expresión de atascamiento, de feliz adormecimiento.

Efectivamente, la estabilidad prometida por la compañía lleva a equívocos, hace pensar al empleado que su puesto de trabajo está ‘comprado’, que es algo ‘fijo’, que la empresa ya no podrá disponer de esa plaza a su antojo.

En realidad, toda organización debiera estar abierta al ‘desacomodo’; los colaboradores debieran mantenerse mental y emocionalmente dispuestos al cambio, tener la flexibilidad necesaria para alternar posiciones, responsabilidades.

Este tema evidencia ciertas actitudes que son bastante comunes: rutina, acomodamiento, pereza mental, facilismo, apego al estatus. Un eficaz antídoto para todo aquello es la reestructuración organizacional.

Habrá, seguramente, gente que se resista, que argumente por qué le sentará mal el cambio; que alegue que se trata de una medida con dedicatoria, para martirizarle, para despecharle. Claro está, la empresa tiene que actuar dentro del marco legal, haciendo uso de su derecho a renovarse cuantas veces crea pertinente

Sin duda, el remezón afectará a las almas frágiles, que quisieran que todo fuera paz y quietud, que nada interrumpiera su idilio laboral. Naturalmente, los cambios tienen que ser inteligentes, respetuosos, orientados a un aprovechamiento efectivo del talento humano, con la conformación de equipos de trabajo basados en compatibilidades profesionales y humanas, que permitan el libre juego de la creatividad, del ingenio, de la experiencia ganada con los años.

Es cierto, algunas empresas utilizan la reestructuración como membrete; se trata, en realidad, de un mecanismo de presión psicológica, un ajuste de cuentas, para incomodar a los trabajadores considerados ‘problemáticos’, a sabiendas que el cambio de tareas, el traslado a otra área o dependencia, la imposición de un nuevo jefe o de otra persona que desempeñará exactamente las mismas funciones; la reducción de horas extras, el cambio de horarios, les despecharán.

De otra parte, los cambios de forma, epidémicos, simplemente alborotan el ambiente, sirven para el autoengaño, para la consolidación del statu quo. Terminan imponiéndose la costumbre, la comodidad, la falta de imaginación.

Detrás de ese quietismo temeroso hay mentes convencidas de que la estabilidad consiste en hacer las cosas de la misma manera ‘per secula secolorum’. Para guardar las apariencias, mueven una cosa aquí, otra allá, generalmente con anuncios que daría la impresión de que se piensa reinventar y refundar la organización.

En otros casos, los cambios empiezan con gran ímpetu, con el deseo de hacer cambios de fondo. En el camino, sin embargo, el temor se impone, pues el asunto no era tan fácil como parecía. De modo que se da marcha atrás, dejando en el ambiente un sentimiento de frustración, el sinsabor de lo incompleto. Para alivio de muchos, todo vuelve a la ‘normalidad’.

A veces ya no hay manera de recular, pues ya se han desacomodado las cosas, de modo que hay que echar para adelante. La duda, no obstante, puede generar una situación ambigua, implantar un régimen híbrido, que ha dejado de ser lo que era, pero que no se decide a aceptar lo que podría ser.

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Publicado el septiembre 3, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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