IMAGEN PERSONAL, MÁS QUE LA APARIENCIA

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 ARTURO CASTILLO

Aquello de que ‘el hábito no hace al monje’ no debe servir de pretexto para el desaliño personal de quienes ocupan posiciones ejecutivas dentro de una organización. Argumentar que los trapos son solo trapos, que la apariencia nada tiene que ver con las ejecutorias, con el profesionalismo, es un contrasentido, pues el profesionalismo cuida, justamente, todos los aspectos de orden personal.

Sin embargo, la buena apariencia tiene también sus códigos, aunque se quieran relativizar el buen gusto y el sentido de la belleza, como algo que queda estrictamente al libre albedrío de cada sujeto. Y en buena medida, así es, salvo que bajo algunas circunstancias es necesario guardar cierta ‘compostura’, a fin de no contrariar no solo el buen gusto, sino la ‘susceptibilidad’ estética de los presentes.

La originalidad es un ingrediente decisivo, aunque, claro está, la industria de la moda basa su negocio en la fabricación en serie de prendas que quiere introducir en el mercado; son las llamadas ‘tendencias’, que no son otra cosa que pereza para crear cosas únicas, singulares.

Para la generalidad de las personas ‘estar a la moda’ es un ideal de vida, una manera de reafirmarse ante los demás, una declaratoria de ‘soy como todos’, como una aceptación de estereotipos que rigen para el común de los sujetos.

La originalidad puede parecer extravagante, criticable, un desafío para todos aquellos que ‘están bien’, que siguen devotamente lo que el mercado juzga como adecuado.

Los diseñadores tienen que ser medianamente desafiantes, discretamente excéntricos, si no quieren ahuyentar a sus clientes. En todo caso, los importantes hombres y mujeres de negocios no siempre está dispuestos a rebasar los límites del llamado ‘buen gusto’.

El ejecutivo clásico tendrá una apariencia clásica, la ‘única’ diferencia será el costo de las prendas, las marcas afamadas que su chequera puede adquirir. Es ahí donde llevará la delantera del buen vestir. Hay que decir de paso que es de muy mal gusto tratar de imitar el ‘look’ del jefe vistiendo prendas de mala imitación.

Este es un tema curioso, que a veces provoca vergüenza ajena. Concretamente, en su afán de parecerse al jefe, el ideal a alcanzar, el modelo personal de liderazgo, algunos individuos tratan de parecerse a su mentor, de modo que hablan como él, piensa como él, actúan como él y, claro, quieren lucir como él.

Esa despersonalización, claro está, caricaturiza a los sujetos, les resta dimensión personal, y en cuanto al ‘look’, simplemente producen pesar, ‘incomodidad estética’.

De otra parte, puesto que de alguna manera la ropa constituye un elemento de la representación de roles en la sociedad, con el respectivo personaje que está detrás del vestuario, es importante reconocer los contextos. Por ejemplo, es desatinado que el gerente general de la empresa acuda a la mañana deportiva organizada por los obreros y trabajadores con un costoso traje.

La empatía radica, en ciertos casos, en lucir como todos los demás, en pasar desapercibido. Otros escenarios pueden exigir vestir con las mejores galas, impresionar a los colegas, posar para las cámaras.

Sin duda, la ropa es un potente diferenciador social, capaz de determinar el estatus de los sujetos. Su carga simbólica, donde el dinero es simplemente algo incidental, a pesar de su valor concreto, deja al descubierto los signos existentes detrás de los objetos, como diría Jean Baudrillard, poniendo en evidencia el hecho social como tal; puntualmente, la jerarquización de clases y estratos de grupos humanos específicos.

 

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Publicado el octubre 13, 2013 en EL YO LABORAL y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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