VOCERÍA, ¿EL ARTE DE LA EVASIÓN?

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ARTURO CASTILLO

Las empresas, como entes orgánicos, disponen de un lenguaje, mantienen un discurso, que se expresa a través de símbolos concretos, que se materializa en lo que producen, en los servicios que ofrecen, en la imagen corporativa, en la formulación de sus valores, su misión y visión.

La razón de ser, el sentido último de toda organización, pública o privada, es el servicio a la comunidad. Consecuentemente, son cruciales la forma y el fondo, el estilo, los medios y mecanismos que utilicen para allegarse a la gente, para trasmitir sus mensajes.

En ese caso, las instituciones necesitan alinear su discurso, de modo que la proyección de su imagen guarde coherencia con los hechos. La ambigüedad, las contradicciones, acaban por minar la confianza pública.

Los departamentos de RR.PP. deben actuar de consuno con el directorio o la gerencia general, y quien oficie de relacionador o de vocero tiene por misión transmitir con absoluta fidelidad el mensaje institucional; sin quitar o poner una sola coma.

Debe conocer hasta el último detalle de lo que está comunicando, de modo que no tenga que recurrir al cliché de “eso está fuera de mi dominio; desconozco”. Si el sujeto carece de la destreza necesaria para manejar las tensiones que podrían surgir en las conferencias de prensa, si confunde diplomacia con evasión; si su actitud es de querer controlar cada expresión, acorazándose en sus verdades; entonces, su oficio no es la comunicación.

En el ámbito del ejercicio del poder, los voceros son, generalmente, sujetos ásperos, intransigentes, revestidos de autosuficiencia. Su gestualidad acartonada, sus frases estereotipadas, altisonantes, constituyen pistas evidentes para cualquier observador medianamente entrenado, que entenderá que no habrá manera de transigir. Ante sus ojos está un tipo que encarna intereses, que está dispuesto a sostener la ‘verdad’ oficial a toda costa.

No está él ahí para explicar o debatir, para aceptar divergencias, para dar muestras de tolerancia. Su función es la de un relator, con un discurso prefabricado, previsible. El peor síntoma de su ingrata tarea es la advertencia, “sin preguntas”. Es el anuncio de que algo malo se está cocinando.

El estilo ambiguo, esquivo, el poco deseo de comunicarse de forma auténtica, generan malentendidos, dejan margen para interpretaciones erróneas. Debido a ello, es bastante común que los voceros se sientan a disgusto y reprochen las ‘interpretaciones equivocadas y de mala fe’ que luego ve impresas o escucha en los medios de comunicación.

No hay nada más errado que está forma de concebir los hechos. Hay que tomar en cuenta que es inevitable que todo interlocutor, en cualquier circunstancia comunicacional, colija, interprete, infiera, abstraiga, cavile, imagine, especule, connote, respecto de lo que está escuchando y viendo.

Son hechos mentales, propios del ejercicio intelectual, que se dan de forma espontánea, a manera de un reflejo condicionado.

Por ello, cuando se desea comunicar un asunto específico, relativo a hechos puntuales, quien lo hace debe ser claro, específico, conciso. Aun así, el ‘riesgo’ de la interpretación seguirá latente. En ese sentido, cabe perfectamente la expresión de Heidegger: “La palabra es la predestinada de equívoco”.

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Publicado el mayo 7, 2014 en EL YO DIVERSO y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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