¿LE ESTÁ MATANDO LA INCERTIDUMBRE?

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ARTURO CASTILLO

El hombre es una criatura que no sirve para vivir en incertidumbre. Tal es su temor a lo desconocido, que se empeña en desentrañarlo todo. Es más, le encantaría que su propia existencia fuera absolutamente previsible.

En el curso de la vida, todo ser humano atraviesa tramos de incertidumbre, enfrenta dilemas de difícil resolución; se halla ante callejones que parecen no tener salida, todo lo cual le produce inquietud, temor, angustia.

En algunos casos, la incertidumbre tiene que ver con hechos externos, con ‘cosas del mundo’. Tiene que ver con los dilemas que la sociedad y la cultura implantan en la cabeza y en el ánimo de los sujetos. Incertidumbres del consumismo, del éxito, del poder, del reconocimiento público.

Se trata de incertidumbres triviales, del tipo ‘cómo me veo para los demás’, ‘de qué manera seré juzgado si me presento de tal o cual manera’; qué auto me hará más importante’, ‘qué lugares son buenos de frecuentar’; ‘cómo puedo llamar la atención’.

La incertidumbre de la obsolescencia, basada en el convencimiento de que siempre hay algo nuevo, un ‘update’, que vuelve todo lo anterior inservible, descartable. La incertidumbre de la propia vigencia como persona, que solo se valida con la exposición pública de la vida privada, con la tiranía del ‘like’.

Sin embargo, cuando la incertidumbre es algo que no se resolverá por voluntad de otras personas, por la clarificación de situaciones externas; cuando la incertidumbre nos concierne estrictamente a nosotros mismos, el asunto se torna más complicado.

Se trata de una incertidumbre vital, de aquellos espacios y momentos existenciales que ponen a prueba nuestra paciencia, fortaleza de ánimo, serenidad, introspección, autoobservación.
Quisiéramos que la angustiante espera se tornara mágicamente en certidumbre, que el vacío de la incertidumbre se cubriera de claridad, que las circunstancias nos dijeran exactamente qué hacer.

Sin embargo, aspectos profundos, relativos a nuestra vida emocional, a nuestra espiritualidad profunda, a aspectos que tienen que ver con nuestro proceso humano, no responden al fácil esquema de los asuntos comunes, de las cuestiones materiales del mundo ‘objetivo’.

Los tiempos del alma revisten otro carácter, tienen otro ritmo, escapan a la lógica convencional, están fuera de la voluntad humana, tan habituada a hacer su voluntad.
Los tiempos del alma responden a la cronología de la vida, que se toma su tiempo para que la semilla germine, para que la planta crezca, para que árbol dé frutos, para que ofrezca su generosa sombra.

La prisa, el vehemente deseo de zafarse de la incertidumbre, y su eventual dolor, no son cosas que puedan controlarse, acortarse o precipitarse. Cualquier intento de frustrar el proceso humano de crecimiento, lastima la psiquis, bloquea el flujo de la existencia.

Quizás convenga más bien ‘quedarse’, no buscar escapatoria, recurrir a argumentos racionales. Tal vez ayude percibirse, aceptar, contactar con cualquier sensación que pudiera emerger; asumir la incertidumbre como una compañera circunstancial, como lo son la soledad, el miedo, la angustia.

Se trata, pues, de un proceso arquetípico, cuya recurrencia acompaña al ser humano desde siempre. La vida contemporánea, signada por el materialismo, lleva a los individuos a ubicar su centro de gravedad en los objetos, en fuerzas externas, olvidándose de sí mismos. Consecuentemente, todo lo que les ocurre parece atribuible a las circunstancias, a la casualidad, al destino, sin ninguna conexión con su universo interior.

La incertidumbre de Ser es el dilema humano mayor, cuya resolución conduce al Yo profundo. Lamentablemente, las distracciones, el bullicio del mundo, provocan una desconexión de ese centro de gravedad; el único lugar desde donde es posible para los individuos conocerse a sí mismos, encontrar el sentida de su existencia.

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Publicado el julio 20, 2015 en EL YO PROFUNDO y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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